VALENTÍ, CAVALLER DE VERONA / Shakespeare in love de John Madden


¿i per què no la mort abans d’un viure turmentat?
La mort és el desterrament de mi mateix,
i Sílvia és jo mateix; desterrat d’ella,
és estar desterrrat de mi mateix: és com morir.
¿Quina llum és la llum, si no puc veure Sílvia?
¿Quina joia és la joia, si he d’estar lluny de Sílvia?
Llevat que pensi que està molt a prop
i em nodreixi el reflex de la perfecció,
llevat que estigui amb Sílvia, de nit,
no hi ha cap música en el cant del rossinyol;
llevat que vegi Sílvia, de dia,
no hi ha cap dia que jo pugui contemplar.
Ella és la meva essència, i jo deixo de ser,
si no em nodreix, ni m’il.lumina, ni m’acull,
ni em manté viu la seva bellíssima influència…
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Una respuesta a “VALENTÍ, CAVALLER DE VERONA / Shakespeare in love de John Madden

  1. Víctor, gracias por tu comentario.
    Te gusta  la Literatura… acabarás por hacer que me guste…
    Sheakespear me persigue…
    Eso de que has descubierto todos mis secretos…
    me mantiene intranquila, pero que mucho, ahora si me das miedo, ¿sabes?
    Tampoco hay cosas de interés, supongo, ¡al menos no tan interesantes como tus ventanas! 
    Definitivamente, vas a tener que perseguirme para que de el trabajo, o quizás no, estoy tan arta que lo único que deseo es perderlo de vista… aun me falta encuadernarlo…
    No te fies de nada que ponga en mi space…mejor no te fies ni de mi.
     
    Este año las vacaciones han sido cortas para mi, ir a tantos sitios me ha desorientado mucho.
    Ten en cuenta que a la hora de valorar mi trabajo, que he estdo mediterráneo arriba y mediteráneo a bajo…
    No tengo ganas de volver en el Angeleta, será ver un profesor y ponerme a llorar…empieza todode nuevo,nuevos trabajos,nuevos esfuerzos,nuevos profesores, nuevas amistades… todo nuevito y sin estrenar… esto es como un circulo del que no sale ni.. nadie, je.
    Por cierto, me han gustado las fotos de ventanas que tienes el tu space, interesantes ¿no?

    EL coronel no tiene quien le escriba…de Gabriel García Márquez.
    El coronel… volvió a abrirse paso, sin mirar a nadie, aturdido por los aplausos y los gritos, y salió a la calle con el gallo bajo el brazo.
    Todo el pueblo -la gente de abajo- salió a verlo pasar seguido por los niños de la escuela.
    Un negro gigantesco trepado en una mesa y con una culebra enrollada en el cuello vendía medicinas sin licencia en una esquina de la plaza. De regreso del puerto un grupo numeroso se había detenido a escuchar su pregón. Pero cuando pasó el coronel con el gallo la atención se desplazó hacia él. Nunca había sido tan largo el camino de su casa.
    No se arrepintió. Desde hacía mucho tiempo el pueblo yacía en una especie de sopor, estragado por diez años de historia. Esa tarde -otro viernes sin carta- la gente había despertado. El coronel se acordó de otra época. Se vio a sí mismo con su mujer y su hijo asistiendo bajo el paraguas a un espectáculo que no fue interrumpido a pesar de la lluvia. Se acordó de los dirigentes de su partido, escrupulosamente peinados, abanicándose en el patio de su casa al compás de la música. Revivió casi la dolorosa resonancia del bombo en sus intestinos.
    Cruzó por la calle paralela al río, y también allí encontró la tumultuosa muchedumbre de los remotos domingos electorales. Observaban el descargue del circo. Desde el interior de una tienda una mujer gritó algo relacionado con el gallo. Él siguió absorto hasta su casa, todavía oyendo voces dispersas, como si lo persiguieran los desperdicios de la ovación de la gallera.
    En la puerta se dirigió a los niños.
    -Todos para su casa -dijo-. Al que entre lo saco a correazos.
    Puso la tranca y se dirigió directamente a la cocina. Su mujer salió asfixiándose del dormitorio.
    -Se lo llevaron a la fuerza -gritó-. Les dije que el gallo no saldría de esta casa mientras yo estuviera viva.
    El coronel amarró el gallo al soporte de la hornilla. Cambió el agua al tarro, perseguido por la voz frenética de la mujer.
    -Dijeron que se lo llevarían por encima de nuestros cadáveres -dijo-. Dijeron que el gallo no era nuestro, sino de todo el pueblo.
    Sólo cuando terminó con el gallo el coronel se enfrentó al rostro trastornado de su mujer.
    Se acostaron sin comer. El coronel esperó a que su mujer terminara el rosario para apagar la lámpara. Pero no pudo dormir. Oyó las campanas de la censura cinematográfica, y casi enseguida -tres horas después- el toque de queda. La pedregosa respiración de la mujer se hizo angustiosa con el aire helado de la madrugada. El coronel tenía aún los ojos abiertos cuando ella habló con una voz reposada, conciliatoria.
    -Estás despierto.-Sí.-Trata de entrar en razón -dijo la mujer-. Habla mañana con mi compadre Sabas.-No viene hasta el lunes.-Mejor -dijo la mujer-. Así tendrás tres días para recapacitar.-No hay nada que recapacitar -dijo el coronel.
    Fijó directamente en sus ojos una mirada de reprobación. Ella se mordió los labios, se secó los párpados con la manga y siguió almorzando.
    -Eres un desconsiderado -dijo.
    El coronel no habló.
    -Eres caprichoso, terco y desconsiderado -repitió ella. Cruzó los cubiertos sobre el plato, pero enseguida rectificó supersticiosamente la posición-. Toda una vida comiendo tierra, para que ahora resulte que merezco menos consideración que un gallo.-Es distinto -dijo el coronel.-Es lo mismo -replicó la mujer-. Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad, sino una agonía.
    El coronel no habló hasta cuando no terminó de almorzar.
    -Si el doctor me garantiza que vendiendo el gallo se te quita el asma, lo vendo enseguida -dijo-. Pero si no, no.
    Esa tarde llevó el gallo a la gallera. De regreso encontró a su esposa al borde de la crisis. Se paseaba a lo largo del corredor, el cabello suelto a la espalda, los brazos abiertos, buscando el aire por encima del silbido de sus pulmones. Allí estuvo hasta la prima noche. Luego se acostó sin dirigirse a su marido.
    -No quiero morirme en tinieblas -dijo.
    El coronel dejó la lámpara en el suelo. Empezaba a sentirse agotado. Tenía deseos de olvidarse de todo, de dormir de un tirón cuarenta y cuatro días y despertar el veinte de enero a las tres de la tarde, en la gallera y en el momento exacto de soltar el gallo. pero se sabía amenazado por la vigilia de la mujer.
    -Es la misma historia de siempre – comenzó ella un momento después-. Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace cuarenta años.
    -Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.-El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.-También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo.-No estoy solo -dijo el coronel.
    Trató de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas. Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada.
    Ella apareció en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi extinguida.
    La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando.
    -Vamos a hacer una cosa -la interrumpió el coronel.-Lo único que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer.-También se puede vender el reloj.-No lo compran.-Mañana trataré de que ÿlvaro me dé los cuarenta pesos.-No te los da.-Entonces se vende el cuadro.
    Cuando la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.
    -No lo compran -dijo.-Ya veremos -dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.
    Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una sustancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.
    -Contéstame.
    El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
    -Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.-Es un gallo que no puede perder.-Pero suponte que pierda.-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
    La mujer se desesperó.
    -Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela.
    Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.
    El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.
     
    Bien, ya nos veremos,muchos besos.
    Laia.

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