ROMANCE DE LA INFANTICIDA; EL CURA Y SU PENITENCIA


Los romances populares o de ciego muestran el lado más salvaje de la naturaleza, no sólo por la narración de hechos luctuosos (asesinatos, venganzas, violaciones, incestos, mutilaciones, canibalismo…), sino también por el tremendo éxito de estas relaciones morbosas de casos reales que siempre han sido bien recibidas por la malsana curiosidad popular… Aunque lo mismo ocurría con la historias mitológicas grecolatinas (como la de Filomela, retalada por Ovidio, y que sirve de base al drama de Shakespeare comentado en la entrada anterior).

ROMANCE DE LA INFANTICIDA

Más arribita de Burgos    hay una pequeña aldea
donde vive un comerciante,    que vende paños y sedas.
Tiene una mujer bonita,    -valía más que fuera fea-
tiene un hijo de cinco años,    la cosa más parlotera.
Todo lo que pasa en casa,    a su padre se lo cuenta;
su padre, por más quererlo,    en las rodillas le sienta.
– Ven aquí tú, hijo querido,    ven aquí, mi dulce prenda,
quiero que todo me digas;    en esta casa, ¿quién entra?
– Padre de mi corazón,    el alférez de esta aldea
que llega todos los días     y con mi madre conversa
con mi madre come y bebe,    con mi madre pone mesa,
con mi madre va a la cama,    como si usted mismo fuera.
A mí me dan un ochavo    pa jugar a la rayuela,
y yo, como picarzuelo,    me escondo tras de la puerta.
Mi madre estaba mirando,    y me dijo que me fuera:
– Deja que venga tu padre,    que te va a arrancar la lengua.
Mal le ha sentado al señor    el que aquello se supiera,
después ha salido a un viaje    de siete leguas y media.
Un día estando jugando    con los niños de la escuela,
ha ido a buscarle su madre,    a peinar su cabellera.
Ha cuarteado su cuerpo,    le ha tirado en una artesa,
y el peinado que le ha hecho,    fue cortarle la cabeza.
La coloca entre dos platos    y el alférez se la entrega:
– Señora, se les castiga,    pero no de esa manera;
haberle dado cuatro azotes    y haberle echado a la escuela.
Tras de tiempos llegan tiempos    y el marido ya regresa.
Ella ha salido a buscarle,    y le ha encontrado en la puerta.
– Entra, maridito, entra,    que te tengo una gran cena,
los sesitos de un cabrito,    las agallas y la lengua.
– ¿Qué me importa a mí de eso?    ¿Qué me importa de la cena?
Te pregunto por mi hijo    que no ha salido a la puerta.
– Entra, maridito, entra,    por tu hijo nada temas,
que le dí pan esta tarde    y se fue pa ca su abuela;
como cosa de chiquillos,    está jugando con ella.
Se pusieron a cenar,    y oye una voz que le suena.
– Padre de mi corazón,    no coma usted de esa cena,
que salió de sus entrañas     y no es justo que a ellas vuelva.
Se ha levantado el señor,    la busca de su hijo empieza,
le ha encontrado cuarteado,     partidito en una artesa.
La ha agarrado de los pelos,    barre la casa con ella,
y después de golpearla,    a la autoridad la entrega.
Unos dicen que matarla;    otros, lo mismo con ella,
otros dicen que arrastrarla,    de la cola de una yegua.

Otro ejemplo musicado por Joaquín Díaz:

EL CURA Y SU PENITENCIA

Un cura que dice misa    en la iglesia del Pastor
se enamoró de una niña,    desde que la bautizó.
Mientras vivieron sus padres,    no la pudo lograr, no.
Cuando murieron sus padres,    la niña sola quedó.
Un día del mes de mayo,    peinándose estaba al sol;
pasó por allí el mal cura,    pasó por allí el traidor.
– Vente conmigo, Pepita;    Pepita del corazón.
La ha agarrado de la mano    y a su casa la llevó.
Un día de Jueves Santo,    con la niña se acostó
la puso la mano al pecho,    y el cuerpo muerto quedó.
– Vecinos, los mis vecinos,    si tenéis buen corazón,
sacadme de aquí esta niña,    donde no la vea Dios.
A la mañana siguiente,    a decir misa marchó
y al tiempo de alzar el cáliz,    del cielo bajó una voz.
– Detente, traidor, detente;     detente padre traidor,
que no puedes decir misa,    ni consagrar al Señor.
A la mañana siguiente,    para Roma se marchó
a que le confiese el Papa    y le eche la absolución.
– Que te arrasten cuatro potros    desde Roma hasta Aragón.
– Esa es poca penitencia;    más grande la quiero yo.
– Que te suban a una torre    y te pongan por reloj.
– Esa es poca penitencia;    más grande la quiero yo.
– Que te metan en un horno    hasta que te hagas carbón.
– Como era una niña santa,    esa me merezco yo.

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