Francisco de Quevedo: A un amigo que retirado de la Corte pasó su edad


Dichoso tú, que alegre en tu cabaña,
mozo y viejo aspiraste la aura pura,
y te sirven de cuna y sepultura,
de paja el techo, el suelo de espadaña.

En esa soledad que libre baña
callado Sol con lumbre más segura,
la vida al día más espacio dura,
y la hora sin voz te desengaña.

No cuentas por los Cónsules los años;
hacen tu calendario tus cosechas;
pisas todo tu mundo sin engaños.

De todo lo que ignoras te aprovechas;
ni anhelas premios ni padeces daños,
y te dilatas cuanto más te estrechas.

Como bien indica el epígrafe de González de Salas, el poema lo dirige Quevedo a un amigo que se ha vivido siempre retirado en el campo sin conocer los peligros y sinsabores de la vida cortesana. Le encarece la felicidad de haber habitado en el campo (mozo y viejo), respirando aire puro (espiraste el aura pura) en una humilde choza, con techo de paja y suelo de estera (hecho con espadaña), en amena soledad, contemplando con calma el lento pasar del tiempo (la vida más [d]espacio dura); despreocupado de la política (la alusión a los cónsules romanos, cuyos nombres servían para fechar los años) y atento sólo al ciclo natural que marcan las cosechas, sin sufrir engaños ni decepciones. Finalmente señala la paradoja, en base a la antítesis que opera temáticament en todo el poema aldea/corte,  de que al evitar los problemas cortesanos (el medrar, buscar fortuna, premios, etc.)  se ha enriquecido (espiritualmente) gracias a su pobreza y humildad: “te dilatas cuanto má s te estrechas”. En interpretación ética estoica y cristiana, la renuncia a los bienes, comodidades y placeres materiales ayuda a alcanzar el perfeccionamiento espiritual.

Quevedo desarrolla en este soneto el tópico clásico “aurea mediocritas”, dorada medianía, a partir del motivo “Menosprecio de corte y alabanza de aldea” (véase Antonio de Guevara, por ejemplo), acorde con su pensamiento neoestoico. El “dichoso tú” inicial nos remite sin gran dificultad al “beatus ille” horaciano (epodo II), de conocida resonancia en las odas de fray Luis de León, quien -recordemos- fue editado por Quevedo en 1631.

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