JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick. 2ª parte (con una carta)


Mirándolo con seriedad, Pickwick condensa, como todos los libros de Charles Dickens y de sus contemporáneos, la moral considerablemente estrecha de su tiempo. El recato, el pudor, la ausencia de fisiología y de sexualidad, las buenas costumbres y los valores burgueses condicionan rigurosamente las conductas y los discursos de los personajes, incluso de los malvados que terminan casi siempre arrepintiéndose o son castigados como corresponde, con la sorprendente y casi gratificante excepción de Dodson y Fogg, los abogados por cuya culpa el señor Pickwick conocerá la prisión por deudas y el sufrimiento. Una parte de la crítica moderna ha insisitido en denunciar este universo novelesco convencional que poco corresponde en realidad a las conductas y valores privados de los ingleses y de Dickens en persona a principios de la era victoriana. Sin embargo, este tipo de crítica, que de alguna manera consiste en pedirle peras al olmo de la literatura, siempre me ha parecido inconsistente. Lo que considera hipocresía es en el fondo un hábil acuerdo tácito y táctico entre autor y lector en el que ninguno de los dos se engaña ni es engañado; la hipocresía es sólo relativa puesto que deja abiertas las entrelíneas de la literatura para aquellos que sepan leer. En el terreno de los sentimientos amorosos, por ejemplo, Dickens aplica todas las convenciones de su tiempo -como nosotros las del nuestro, dicho sea de paso-. Así las jovencitas se sonrojan apenas un caballero las mira y proceden a desmayarse tan pronto escuchan una alusión matrimonial; calidad de lenguaje aparte, los púdicos galanteos de alguien tan refinado como Snodgrass o Winkle no se diferencian en nada de los de un individuo tan rústico y directo como Samuel Weller. Madres, esposos, hijos y tías cumplen estrictamente el papel que la sociedad espera de ellos. Y sin embargo, el pacto secreto está muy claro entre el autor y el lector y no es necesario que busquemos demasiado lo que los contemporáneos de Dickens entendían perfectamente. La mejor prueba la da el mismo Pickwick, cuya edad y condición social lo colocan al margen de toda preocupación galante, pero que en varias ocasiones (al lector le encantará verificarlo durante la lectura) aprovecha circunstancias favorables para mirar de una manera muy especial a alguna tímida doncella o besar con más intensidad de la necesaria a una joven desposada. Se ha dicho asimismo que la fidelidad de Samuel Weller hacia su amo, que lo lleva a posponer su matrimonio para cuidar de él, refleja demasiado la visión de la clase dominante sobre su servidumbre. ¿Por qué en ese caso conozco yo a más de una persona que en pleno siglo veinte ha preferido renunciar a su vida personal por los mismos motivos? Si Dickens mira oficialmente el mundo con una mirada de señor, otro Dickens lleno de humor e ironía pone en sus personajes más sencillos una notable capacidad de crítica; basta escuchar lo que el mismo Sam Weller dice más de una vez sobre Winkle, e incluso sobre su propio amo, a quien tiene que proteger contra su irrevocable tendencia a la tontería. Lo convencional no es tan hipócrita en Pickwick, y si hoy nos duele una visión social en la que ricos y pobres parecen destinados a serlo eternamente por un decreto divino, ¿cómo no admirar que Dickens dedique más de un centenar de páginas a describir, con detalles de un realismo digno de un Oliver Twist o de un David Copperfield, el infierno de la prisión por deudas que innumerables veces denunciará como una de las peores lacras del sistema social de su tiempo?

En su clásica historia de la literatura inglesa, George Sampson dice de Pickwick que “su vasto y vigoroso mundo con sus trescientos personajes y sus veintidós posadas creado por un joven de veinticuatro años es uno de los milagros del arte literario”. ¡Vaya si es cierto!Y cuánto humor dickensiano tiene esa caracterización global a base de un recuento de figuras y de albergues. Por cosas así Pickwick nos incorpora a su territorio de la misma manera que lo hace la vida rodeándonos de una infinidad de contactos personales en los más diversos lugares imaginables y también como la vida se esfuma en un sentido mientras se ahínca en otro en ese extraño teatro de la memoria que archiva determinadas imágenes mientras abandona las demás al olvido. Apenas pasamos dos o tres páginas sin que aparezcan nuevos personajes que además proceden casi de inmediato a trepar a coches y diligencias para trasladarse de un lugar a otro y conocer, junto con nosotros, a nuevos amigos o adversarios. Un diluvio de abogados, policías, cocheros, políticos, jueces, propietarios rurales dotados de abundante familia, carceleros, truhanes, criados y viejísimas aunque majestuosas abuelas y tías entran y salen de la escena con una misma truculenta animación desbordante, como si el mero paso del señor Pickwick y sus tres amigos provocara un casi instantáneo pandemonio. Y sin embargo, puesto que el mundo de Dickens es aquí la vida misma, no tardamos en elegir a nuestros amigos o adversarios personales mientras el resto entra muy pronto en la penumbra. Cada lector tendrá como siempre sus favoritos y en mi caso he dudado entre las dos maravillosas figuras de Samuel Weller padre e hijo para finalmente escoger otra de la que hablaré después. El genio dickensiano logra con los Weller un milagro de presencia física y espiritual que no creo tenga ningún otro personaje del libro aunque enfrenten rivales tan peligrosos y admirables como Alfred Jingle, Bob Sawyer y José, el muchacho gordo, extraña y casi misteriosa criatura esta última que nos hace reír a la vez que nos inquieta. Pero además hay que pensar en las veintidós posadas de que habla Sampson, porque otro de los milagros del libro es la fuerza y la intensidad de los lugares y los escenarios, algo así como super personajes silenciosos envolviendo la locuacidad de los otros. Cada albergue, cada casa de campo, cada celda de la prisión por deudas, alcanza inmediatemente una presencia para lo cual Dickens no necesitó dar demasiados detalles. Su rápida precisa y diferente visión de los salones de cualquier posada, de los patios del relevo de las diligencias, de la finca de los Wardle o del estudio de los abogados Dodson y Fogg hace pensar en los grabados de Daumier o de Hogarth esbozando ambientes parecidos.

Para lograrlo, Dickens integra casi simultáneamente la vida en cada escenario como en esas piezas de teatro en las que al alzarse el telón hay ya personajes en pleno movimiento. Los lugares asumen así una personalidad especial, una atmósfera que no tiene nada del decorado frecuente en las novelas de la época con sus amos y criados, sus viajeros rodeando el fuego del salón o bebiendo junto a la chimenea de los albergues, sus parejas enamoradas en los bailes y las glorietas, sus excursionistas saliendo a cazar o a batirse en duelo, sus hoteleros, sus abogados y sus gendarmes, cada lugar está vivo y habitado como la sala o el café donde ahora estamos leyendo el libro y es por eso que con tanta facilidad pasamos imaginariamente de los unos a los otros.

Cada vez que a lo largo de la vida empecé a sentir la necesidad de releer Pickwick, me interrogué sobre cuál de los personajes me estaba llamando con más fuerza a esa nueva cita. La respuesta fue instantánea: Jingle. Curiosamente, Jingle está lejos de llenar páginas con la misma abundancia que los Weller o la pequeña familia pickwickiana. Entra impetuosamente en el segundo capítulo, reaparece un par de veces y sólo hacia el final su espectro -pues poco queda ya del verdadero Jingle- surge ante Pickwick mientras este explora el melancólico infierno de la prisión por deudas. Pero así como en mi infancia me atrajo amorosamente la figura más que diluida de Arabella Allen, la encantadora desvergüenza de Jingle debió marcarme para siempre (mal ejemplo, hubiera dicho mi tía de saberlo) y es a su conjuro que siempre he vuelto a abrir el libro y a esperar impacientemente el momento en que se precipita en plena refriega y salva a Pickwick y a sus amigos de la paliza que se disponen a darles los cocheros enfurecidos. Se me ocurre también que quiero a Jingle porque nos da la única referencia a España en un libro tan irremediablemente británico y que eso pudo ser otro motivo de fascinación en mi primera lectura. Después de sostener que las mujeres españolas son más bellas que las inglesas, afirma que conquistó a miles de ellas superando como se ve el famoso record de “mil y tres” del Don Juan de Mozart, tras de lo cual pasa a narrar su idilio con doña Cristina y el drama provocado por la intransigencia de su padre, un grande de España que responde al increíble nombre de don Belaro Fizzgig. Con cosas así era fácil que Jingle no solamente embaucara a los inocentes pickwickianos, sino a los lectores como yo jugando la carta de la imaginación pura frente a los que tienden a no ver más allá de sus narices.

En Pickwick sólo un personaje podía hacer frente a Jingle e incluso vencerlo en el terreno de lo imaginario, pero curiosamente Dickens impidió ese combate mental entre Samuel Weller y su digno rival. Esto lleva a pensar cómo la fuerza y la presencia vital de los personajes invitan a cualquier lector a concebir encuentros y combinaciones que no figuran en el libro. Bob Sawyer, por ejemplo, es otro que hubiera provocado admirables enredos si en vez de ser desplazado inmerecidamente por Winkle en el corazón de Arabella Allen (también me desplazó a mí, dicho sea de paso), el novelista lo hubiese metido impetuosamente en cualquiera de las innumerables situaciones en las que medio mundo salía más tonto o más incorregible que antes.

¿Qué decir sobre Sam Weller que él no haya dicho mejor? A su manera indirecta y metafórica, de todos los personajes de Pickwick es el que más se refiere a sí mismo, no por pura vanidad, sino por riqueza interior, fantasía desbordante y esa joie de vivre que nos lo vuelve irresistible. Claro que cuando se conoce a su padre se da uno cuenta de donde le vienen esas cualidades; en la inmensa farándula de personajes a cuál más exuberante, los Weller padre e hijo sobrepasan a todos porque nadie es capaz de mayor naturalidad en la truculencia, de mayor fuerza en la expresión de los sentimientos y las conductas. Pickwick no hubiera llegado muy lejos en sus aventuras sin el providencial ingreso de Sam en su vida, mientras que éste hubiera encontrado su camino en cualquier circunstancia sin perder su manera de ser y su libertad profunda. Precisamente ahí está su grandeza, porque cuando renuncia a la independencia para dedicarse a cuidar a su amo envejecido y ya un poco chocho (que no nos oiga ninguno de los dos), Sam nos da la mejor lección de libertad personal imaginable. Se queda porque le da la gana, como dijo el viejo cuando le preguntaron cómo era que le faltaban todos los dientes menos uno; es el tipo de respuesta que Sam hubiera dado a cualquier preguntón, aunque con mucha más gracia.

Se habrá visto que estas impresiones más subjetivas que críticas se fundan en una temprana lectura de Pickwick que las condiciona con una fuerza a la que no puedo ni quiero resistir. Por eso me resulta difícil imaginar la relación de un lector adulto en años y en lecturas y nada me extrañaría que sea muy diferente de la mía. A esta altura de la historia contemporánea todos nos sentimos como el Viejo Marinero de Coleridge, más tristes y más sapientes, y libros como Pickwick, Los tres mosqueteros o Huckleberry Finn, pueden tropezar hoy con la impaciencia y hasta el desdén. Me parece triste que tanto la crítica como el lector tiendan muchas veces -sin darse clara cuenta- a jerarquizar la literatura a base de parámetros exclusivamente modernos y a establecer sus opciones por motivos que en el fondo tocan más a la ética que a la estética. Como ejemplo deliberadamente exagerado, nadie duda de que un Dostoievski nos propone un mundo harto más complejo y trascendental que un Dickens, pero el error empieza cuando una lectura de Dickens puede malograrse total o parcialemente por el peso que ejerza en la memoria cultural la lectura del novelista ruso. Es un hecho que la búsqueda de verdad y de profundidad en la novela moderna parece alejarnos cada vez más del puro placer narrativo; casi nada se cuenta hoy por el encanto de contarlo, pero tal vez por eso cuando en nuestros días surge nuevamente un gran narrador hay como un inconsciente reconocimiento agradecido de ese arte esencialmente hedónico y libros como Cien años de soledad encuentran millones de lectores apasionados exactamente como los encontraron Charles Dickens y Alejandro Dumas en su tiempo.

Voluntaria o no, esa admisión por parte del lector moderno me parece no sólo saludable, sino prueba de que la balanza literaria actual está excesivamente desequilibrada. ¿Cuántas veces me habrán reprochado que en vez de insisitir en los aspectos más dramáticos de mi mundo novelesco me haya dejado llevar por la alegría y el desenfado? Nunca me he sentido culpable de hacerlo porque Dimitri Karamazov no puede matar en mí a Samuel Pickwick, de la misma manera que Pickwick no podrá hacerme olvidar jamásla presencia apocalíptica de los Karamazov en nuestra vida y nuestra historia.

Simplemente me gustaría contribuir a una especie de liberación moral de esos lectores que creen de su responsabilidad consagrarse a la literatura profunda, rellénese esta palabra como se prefiera. Apunto a una dialéctica de la lectura que debería ser también una dialéctica de vida, una pulsación más isócrona de la búsqueda y el gusto del conocimiento y el placer mejor ajustada a todo eso que tenemos tan al alcance de la mano que casi no lo vemos: el gran latido cósmico, el diástole y el sístole del día y de la noche, del flujo y el reflujo del océano.

Querido señor Picwick:

¿Qué hubiera pensado usted de lo que acabo de escribir? ¿Su proverbial cultura y su gran cortesía no se hubieran opuesto a recibir estas páginas de mi mano como tantas veces y en tantas posadas o salones recibió manuscritos que luego leyó a la luz de un candil, después de haberse puesto su camisón y su gorro de dormir? Incluso le diría, para  facilitarle la tarea en caso necesario, que su generosidad en esa materia no siempre se vio recompensada con una buena lectura, pues los relatos intercalados en los distintos momentos de sus viajes están casi siempre por debajo de todo lo que usted y sus amigos me han dado a lo largo de sus admirables aventuras (con la excepción del Manuscrito de un loco,que debió influir nada menos que en Edgar Allan Poe). Por eso si el sueño le llega antes de la última palabra, ni usted ni yo nos preocuparemos demasiado; sabido es que la buena literatura no le está dada a todo el mundo. Quiero creer, con un optimismo que muchos amigos me reprochan, que algunas de las cosas que he dicho merecerán su aprobación. Usted es todavía más optimista que yo al punto que también sus amigos han debido reprochárselo y pienso que en el fondo lo que buscan decirnos es que somos tontos. Pero a mí no me pareció nunca una tontería que usted dicidiera servir a los altos intereses culturales del club Pickwick lanzándose a los perceptibles riesgos que entrañaban los coches y sus cocheros, las posadas (donde nunca estaba excluida la horrible posibilidad de meterse por error en la habitación de una señora sola) y el encuentro con personas que, como tantas veces ocurre, eran truhanes bajo la apariencia de caballeros o abogados. Su perfecta autodefinición, la de observador de la naturaleza humana, no solamente le valió al club Pickwick uno de los más ricos archivos en la materia, sino que millones de seres humanos de todos los países del mundo han mirado junto con usted y gracias a usted esa comedia humana cómica que sigue bullendo infatigable en nuestra memoria.

Como todos los personajes de los grandes libros, usted tiene el don milagroso de atravesar el tiempo y estar presente entre nosotros; lo que cada lector piensa de usted traduce de alguna manera lo que usted hubiera pensado de él. Quienes lo encuentran absurdo e inconsistente se desnudan ante usted como carentes por competo de humor y de generosidad vital; los que lo estudian lupa en mano para ahondar en sus circunstancias históricas o sociológicas, hubieran sido inmediatamente designados miembros correspondientes del club Pickwick. Por mi parte, yo lo veo como un alto ejemplo de humanidad, en el sentido de quien reduce lo más posible su natural egoísmo para entregarse a la contemplación multiforme y generosa de sus semejantes; y si muchos de los más grandes autores literarios son grandes precisamente por esa capacidad de abrazar una realidad en toda su riqueza, pocos de sus personajes lo son.

En ese plano, en cambio, no hay ninguna diferencia entre Dickens y usted y se diría que al lanzarlo al gran escenario de la letra impresa su autor estaba ya proclamando lo que después daría la infinita riqueza de sus novelas mayores; usted anuncia David Copperfield y Oliver Twist, muestra alegre e inocentemente el camino de Grandes esperanzas y de Dombey e hijo.

Por cosas así quisiera decirle que usted ha sido uno de mis mejores maestros imaginarios y que, en esa época en que las normas sociales buscaban hacer de mí un ente satisfactoriamente racional y utilitario para mayor provecho del orden estatuido y los principios vigentes, usted entró en la gran sala de clase de mi vida tropezándose contra una pared, equivocándose de puerta, tomando gato por liebre y ocasionando las peores confusiones para usted mismo diversas señoras y la gran mayoría de sus amigos y admiradores. Sin esperar más salí en su seguimiento y no he cesado de hacerlo desde entonces porque usted, para quien la poesía no parece existir, me la mostró con su conducta; usted, la seriedad personificada, me introdujo para siempre en el mundo del humor; usted, que nada tiene de soñador puesto que es una mente científica capaz de descubrir misteriosas piedras con jeroglíficos y otros enigmas científicos, me mostró el camino de la luna y el encanto de ir de un lugar a otro sin la menor finalidad razonable.

Por todo eso, querido señor Pickwick, le estoy dando hoy las gracias.

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