CARTA DE DIDO A ENEAS


En Las Heroidas, Ovidio reúne una serie de poemas elegíacos en forma de cartas escritas por célebres personajes femeninos dirigidas a sus enamorados: por ejemplo, destacan las célebres y trágicas parejas: Penélope-Ulises, Ariadna-Teseo, Elena-París, Hero-Leandro, Medea-Jasón, Hermíone-Orestes, Fedra-Hipólito, Deyanira-Hércules, Safo-Faón…

Según nos explica la Eneida de Virgilio, la reina de Cartago, Dido, se enamora de Eneas gracias a las argucias de la madre de éste, Venus. Se enamoran pero, después de yacer juntos en una cueva durante una oportuna tormenta, el héroe de Troya debe abandonarla para cumplir su misión fundacional en tierras itálicas. Dido, desesperada, decide suicidarse.

Ésta es la versión de OVIDIO

De Dido a Eneas (Heroidas, VII 1-24; 133-140)

Como canta el blanco cisne, cuando la muerte lo llama, tendido sobre las húmedas hierbas en la ribera del Meandro, así te hablo yo, y no porque abrigue esperanzas de conmoverte con mis súplicas.

Contra la voluntad divina he dado comienzo a esta carta. Pero, puesto que para mi desgracia he perdido ya mi buena fama y la honestidad de mi cuerpo y de mi alma, de poca importancia es perder también unas palabras.

Tienes decidido, a pesar de todo, irte y dejar a la desdichada Dido, y los vientos se llevarán al mismo tiempo tus velas y tu promesa. Tienes decidido, Eneas, desatar amarras a las naves a la vez que te desatas tú de tu compromiso, y buscar los reinos ítalos, que no sabes dónde están. Y nada te importa la naciente Cartago ni las murallas que van alzándose ni el sumo poder entregado a tu cetro. Escapas de lo que está hecho, persigues lo que está por hacer. Otra es la tierra que debes buscar a través del orbe, otra es la tierra que buscabas. Mas, aunque encuentres esa tierra, ¿quién te la ofrecerá para que la poseas?, ¿quién dará sus campos a unos desconocidos para que se queden con ellos? Otro amor te está esperando y otra Dido a la que engañar de nuevo, otra palabra tienes que dar. ¿Cuándo llegará el tiempo en que fundes una ciudad como Cartago y veas a tu gente desde la altura de un alcázar? (…)

Quizás incluso, malvado, abandones a una Dido embarazada y en mi cuerpo se esconda encerrada una parte de ti. La desdichada criatura seguirá el destino de su madre y serás culpable de la muerte de alguien que aún no ha nacido; el hermano de Julo morirá junto con su madre y un único castigo arrastrará a dos que están unidos entre sí.

(traducción de Vicente Cristóbal López)

Cual suele el blanco cisne, que en el vado
De Meandro se ve cercano a muerte.
Cantar, sabiendo que le llama el hado;
Así, sin esperanza de moverte,
Mi canto ronco y débil voz levanto
Contra aquel Dios que fuerza a endurecerte.
Y poco importa que se pierda el canto,
Que pues la honra y fama se ha perdido,
Piérdase todo y muéstrese mi llanto.
Cierto estás de partir y persuadido
A me dejar, y que unos vientos lleven
Tus naves y la fe que diste a Dido.
Cierto estás en que, así como se mueven
Las anclas de tu flota, se remueva
Tu fe y promesas que guardarse deben.
Cierto estás de buscar provincia nueva.
Digo el ítalo reino que tú ignoras,
Sin que Gartago a te quedar te mueva.
Estas frescas murallas triunfadoras
No te incitan a amarme, ni aprovecha
Darte un cetro y esta alma donde moras.
Huyes ciudad que está poblada y hecha
Búscasla por hacer, buscas mis daños,
Buscas tierra, porque ésta te es estrecha
Hallándola después de algunos años,
¿Quién te la ha de entregar? ¿qué habitadores
Sus campos han de dar a unos extraños?
Por fuerza has de tener otros amores
Otra Dido, otra fe que tú quebrantes,
Otros halagos y actos fingidores.
¿Cuándo será que otra ciudad levantes
Semejante a Cartago, y puesto en alto,
Tus gentes mires cómo están triunfantes?
Demos que así suceda, sin que falto
Tu gusto quede en cuanto pretendieres y
Y goces tu ciudad sin sobresalto
¿Cómo podrás hallar adonde fueres
Mujer que te ame como te amo y quiero,
Pues excedo en amar a las mujeres?
Ardo cual arde el pino o el madero
Que es de licor o azufre mixturado,
O como incienso puesto en mi brasero.
Traigo en mis ojos siempre retratado
A Eneas, y en el alma está esculpido
De noche y día el nombre de mi amado.
Mas él me es sordo y mal agradecido,
Del cual huir debiera la presencia.
Si quedado me hubiese algún sentido.
Y no porque yo piense en esta ausencia
Algún mal de él en cólera me inflamo;
Ni para odiarle se me da licencia.
Que mientras más me quejo y más exclamo
En medio de esta rabia y pasión fiera,
Más ardo, más le adoro, más le amo.
Perdona, diosa Venus, a tu nuera;
Da, Cupido, un abrazo al que es tu hermano;
Hazle soldado tuyo y que me quiera.
A amarle comencé, de ello me ufano;
Haz con él, pues tan grande es tu pujanza,
Que cebe con su amor mi amor insano.
Mas yo me engaño, que la semejanza
Que con su madre tiene es aparente,
Y alma más dura que su madre alcanza.
De alguna piedra o monte es tu simiente;
Los robles duros, las encinas viejas
Tus padres son; tu pecho una serpiente.
O este mar te engendró que por mis quejas
“Ves que con vientos rápidos se altera,
Y tú por él me huyes y te alejas.
(traducción en verso del poeta renacentista Gutierre de Cetina)
English version:

VII. DIDO TO AENEAS

[1] Thus, at the summons of fate, casting himself down amid the watery grasses by the shallows of Maeander, sings the white swan.1

[3] Not because I hope you may be moved by prayer of mine do I address you – for with God’s will adverse I have begun the words you read; but because, after wretched losing of desert, of reputation, and of purity of body and soul, the losing of words is a matter slight indeed.

[7] Are you resolved none the less to go, and to abandon wretched Dido,2 and shall the same winds bear away from me at once your sails and your promises? Are you resolved, Aeneas, to break at the same time from your moorings and from your pledge, and to follow after the fleeting realms of Italy, which lie you know not where? and does new-founded Carthage not touch you, nor her rising walls, nor the sceptre of supreme power placed in your hand? What is achieved, you turn you back upon; what is to be achieved, you ever pursue. One land has been sought and gained, and ever must another be sought, through the wide world. Yet, even should you find the land of your desire, who will give it over to you for your own? Who will deliver his fields to unknown hands to keep? A second love remains for you to win, and a second Dido; a second pledge to give, and a second time to prove false. When will it be your fortune, think you, to found a city like to Carthage, and from the citadel on high to look down upon peoples of your own? Should your every wish be granted, even should you meet with no delay in the answering of your prayers, whence will come the wife to love you as I?

[23] I am all ablaze with love, like torches of wax tipped with sulphur, like pious incense placed on smoking altar-fires. Aeneas my eyes cling to through all my waking hours; Aeneas is my heart through the night and through the day. ‘Tis true he is in ingrate, and unresponsive to my kindnesses, and were I not fond I should be willing to have him go; yet, however ill his thought of me, I hate him not, but only complain of his faithlessness, and when I have complained I do but love more madly still. Spare, O Venus, the bride of thy son; lay hold of thy hard-hearted brother, O brother Love, and make him to serve in thy camp! Or make him to whom I have let my love go forth – I first, and with never shame for it – yield me himself, the object of my care!

[35] Ah, vain delusion! the fancy that flits before my mind is not the truth; far different his heart from his mother’s. Of rocks and mountains were you begotten, and of the oak sprung from the lofty cliff, of savage wild beasts, or of the sea – such a sea as even now you look upon, tossed by the winds, on which you are none the less making ready to sail, despite the threatening floods. Whither are you flying? The tempest rises to stay you. Let the tempest be my grace! Look you, how Eurus tosses the rolling waters! What I had preferred to owe to you, let me owe to the stormy blasts; wind and wave are juster than your heart.

[45] I am not worth enough – ah, why do I not wrongly rate you? – to have you perish flying from me over the long seas. ‘Tis a costly and a dear-bought hate that you indulge if, to be quit of me, you account it cheap to die. Soon the winds will fall, and o’er the smooth-spread waves will Triton course with cerulean steeds. O that you too were changeable with the winds! – and, unless in hardness you exceed the oak, you will be so. What could you worse, if you did not know of the power of raging seas? How ill to trust the wave whose might you have so often felt! Even should you loose your cables at the persuasion of calm seas, there are none the less many woes to be met on the vasty deep. Nor is it well for those who have broken faith to tempt the billows. Yon is the place that exacts the penalty for faithlessness, above all when ‘tis love has been wronged; for ‘twas from the sea, in Cytherean waters, so runs the tale, that the mother of the Loves, undraped, arose.

[61] Undone myself, I fear lest I be the undoing of him who is my undoing, lest I bring harm to him who brings harm to me, lest my enemy be wrecked at sea and drink the waters of the deep. O live; I pray it! Thus shall I see you worse undone than by death. You shall rather be reputed the cause of my own doom. Imagine, pray, imagine that you are caught – may there be nothing in the omen! – in the sweeping of the storm; what will be your thoughts? Straight will come rushing to your mind the perjury of your false tongue, and Dido driven to death by Phrygian faithlessness; before your eyes will appear the features of your deceived wife, heavy with sorrow, with hair streaming, and stained with blood. What now can you gain to recompense you then, when you will have to say: “’Tis my desert; forgive me, ye gods!” when you will have to think that whatever thunderbolts fall were hurled at you?

[73] Grant a short space for the cruelty of the sea, and for your own, to subside; your safe voyage will be great reward for waiting. Nor is it you for whom I am anxious; only let the little Iulus3 be spared! For you, enough to have the credit for my death. What has little Ascanius done, or what your Penates, to deserve ill fate? Have they been rescued from fire but to be overwhelmed by the wave? Yet neither are you bearing them with you; the sacred relics which are your pretext never rested on your shoulders, nor did your father. You are false in everything – and I am not he first your tongue has deceived, nor am I the first to feel the blow from you. Do you ask where the mother of pretty Iulus is? – she perished, left behind by her unfeeling lord! This was the story you told me – yes, and it was warning enough for me! Burn me; I deserve it! The punishment will be less than befits my fault.

[87] And my mind doubts not that you, too, are under condemnation of your gods. Over sea and over land you are now for the seventh winter being tossed. You were cast ashore by the waves and I received you to a safe abiding-place; scarce knowing your name, I gave to you my throne. Yet would I had been content with these kindnesses, and that the story of our union were buried! That dreadful day was my ruin, when sudden downpour of rain from the deep-blue heaven drove us to shelter in the lofty grot. I had heard a voice; I thought it a cry of the nymphs – ‘twas the Eumenides sounding the signal for my doom!

[97] Exact the penalty of me, O purity undone! – the penalty due Sychaeus.4 To absolve it now I go – ah me, wretched that I am, and overcome with shame! Standing in shrine of marble is an image of Sychaeus I hold sacred – in the midst of green fronds hung about, and fillets of white wool. From within it four times have I heard myself called by a voice well known; ‘twas he himself crying in faintly sounding tone: “Elissa, come!”

[103] I delay no longer, I come; I come thy bride, thine own by right; I am late, but ‘tis for shame of my fault confessed. Forgive me my offence! He was worthy who caused my fall; he draws from my sin its hatefulness. That his mother was divine and his aged father the burden of a loyal son gave hope he would remain my faithful husband. If ‘twas my fate to err, my error had honourable cause; so only he keep faith, I shall have no reason for regret.

[111] The lot that was mine in days past still follows me in these last moments of life, and will pursue to the end. My husband fell in his blood before the altars in his very house, and my brother possesses the fruits of the monstrous crime; myself am driven into exile, compelled to leave behind the ashes of my lord and the land of my birth. Over hard paths I fly, and my enemy pursues. I land on shores unknown; escaped from my brother and the sea, I purchase the strand that I gave, perfidious man, to you. I established a city, and lay about it the foundations of wide-reaching walls that stir the jealousy of neighbouring realms. Wars threaten; hardly can I rear rude gates to the city and make ready my defence. A thousand suitors cast fond eyes on me, and have joined in the complaint that I preferred the hand of some stranger love. Why do you not bind me forthwith, and give me over to Gaetulian Iarbas? I should submit my arms to your shameful act. There is my brother, too, whose impious hand could be sprinkled with my blood, as it is already sprinkled with my lord’s. Lay down those gods and sacred things; your touch profanes them! It is not well for an impious right hand to worship the dwellers in the sky. If ‘twas fated for you to worship the gods that escaped the fires, the gods regret that they escaped the fires.

[133] Perhaps, too, it is Dido soon to be mother, O evil-doer, whom you abandon now, and a part of your being lies hidden in myself. To the fate of the mother will be added that of the wretched babe, and you will be the cause of doom to your yet unborn child; with his own mother will Iulus’ brother die, and one fate will bear us both away together.

[139] “But you are bid to go – by your god!” Ah, would he had forbidden you to come; would Punic soil had never been pressed by Teucrian feet! Is this, forsooth, the god under whose guidance you are tossed about by unfriendly winds, and pass long years on the surging seas? ‘Twould scarce require such toil to return again to Pergamum, were Pergamum still what it was while Hector lived. ‘Tis not the Simois of your fathers you seek, but the waves of the Tiber – and yet, forsooth, should you arrive at the place you wish, you will be but a stranger; and the land of your quest so hides from your sight, so draws away from contact with your keels, that ‘twill scarce be your lot to reach it in old age.

[149] Cease, then, your wanderings! Choose rather me, and with me my dowry – these peoples of mine, and the wealth of Pygmalion I brought with me. Transfer your Ilion to the Tyrian town, and give it thus a happier lot; enjoy the kingly state, and the sceptre’s right divine. If your soul is eager for war, if Iulus must have field for martial prowess and the triumph, we shall find him foes to conquer, and naught shall lack; here there is place for the laws of peace, here place, too, for arms. Do you only, by your mother I pray, and by the weapons of your brother, his arrows, and by the divine companions of your flight, the gods of Dardanus – so may those rise above fate whom savage Mars has saved from out your race, so may that cruel war be the last of misfortunes to you, and so may Ascanius fill happily out his years, and the bones of old Anchises rest in peace! – do you only spare the house which gives itself without condition into your hand. What can you charge me with but love? I am not of Phthia,5 nor sprung of great Mycenae, nor have I had a husband and a father who have stood against you. If you shame to have me your wife, let me not be called bride, but hostess; so she be yours, Dido will endure to be what you will.

[169] Well do I know the seas that break upon African shores; they have their times of granting and denying the way. When the breeze permits, you shall give your canvas to the gale; now the light seaweed detains your ship by the strand. Entrust me with the watching of the skies; you shall go later, and I myself, though you desire it, will not let you to stay. Your comrades, too, demand repose, and your shattered fleet, but half refitted, calls for a short delay; by your past kindnesses, and by that other debt I still, perhaps, shall owe you, by my hope of wedlock, I ask for a little time – while the sea and my love grow calm, while through time and wont I learn the strength to endure my sorrows bravely.

[181] If you yield not, my purpose is fixed to pour forth my life; you can not be cruel to me for long. Could you but see now the face of her who writes these words! I write, and the Trojan’s blade is ready in my lap. Over my cheeks the tears roll, and fall upon the drawn steel – which soon shall be stained with blood instead of tears. How fitting is your gifts in my hour of fate! You furnish forth my death at a cost but slight. Nor does my heart now for the first time feel a weapon’s thrust; it already bears the wound of cruel love.

[191] Anna my sister, my sister Anna, wretched sharer in the knowledge of my fault, soon shall you give to my ashes the last boon. Nor when I have been consumed upon the pyre, shall my inscription read: ELISSA, WIFE OF SYCHAEUS; yet there shall be one the marble of my tomb these lines:
FROM AENEAS CAME THE CAUSE OF HER DEATH, AND FROM HIM THE BLADE;
FROM THE HAND OF DIDO HERSELF CAME THE STROKE BY WHICH SHE FELL.

1. The song preceding death.
2. Ovid has the fourth book of the Aeneid in mind as he composes this letter.
3. Another name for Ascanius, the son of Aeneas.
4. Dido’s husband in Tyre.
5. The home of Achilles.

De la Wikipedia:

ENEAS: En la mitología greco-romana, Eneas (en griego antiguo Αἰνείας, Aineías, en latín Aeneas) es un héroe de la guerra de Troya, que tras la caída de la ciudad logró escapar , emprendiendo un viaje que lo llevaría hasta la tierra de Lacio (en la actual Italia) donde tras una serie de acontecimientos se convirtió en rey y a la vez en el progenitor del pueblo romano, pues en esa misma tierra dos de sus descendientes, Rómulo y Remo, fundarían la ciudad de Roma. Era hijo del príncipe Anquises y de la diosa Afrodita (Venus en la mitología romana); su padre era además primo del rey Príamo de Troya. Se casó con Creúsa, una de las hijas de Príamo, con la cual tuvo un hijo, llamado Ascanio o Iulo; en su huida de la ciudad acompañado de toda su familia, su esposa murió al quedarse atras, apareciéndosele tiempo después como un fantasma para decirle que no se agobiase por su muerte, pues ese había sido su destino, así como el destino de Eneas sería ser el padre de una gran nación. Posteriormente ya en la tierra de Lacio, se casó con la princesa Lavinia, hija del rey Latino, unión ésta la que es el origen mitíco del pueblo romano.

Se trata de una figura importante de las leyendas griegas y romanas. Sus hazañas como caudillo del ejército troyano son relatadas en la Ilíada de Homero, y su viaje desde Troya (guiado por Afrodita) que llevó a la fundación de Roma, fue relatado por Virgilio en la Eneida.

Durante el Renacimiento se le tomó como personaje para Troilo y Crésida por William Shakespeare.

DIDO: En fuentes griegas y romanas, Dido o Elisa de Tiro aparece como la fundadora y primera reina de Cartago, en el actual Túnez. Su fama se debe principalmente al relato incluido en la Eneida del poeta romano Virgilio.

Era hija del rey de Tiro, Belo, también conocido como Muto.

Dido tenía dos hermanos: Pigmalión, que heredó el trono de Tiro, y la pequeña Ana.

Siqueo o Sicarbas, sacerdote del templo de Melkart en Tiro (divinidad relacionada con Hércules), poseía muchos tesoros escondidos. Pigmalión los codiciaba, y para saber su paradero obligó a su hermana Elisa a casarse con Siqueo sin revelarle el interés oculto en ese matrimonio. Elisa no amaba a Siqueo, aunque éste a ella sí. Un tiempo después, Pigmalión le comentó a su hermana que sería conveniente saber dónde se escondían las riquezas de Siqueo. Entendiendo que había sido utilizada, Elisa averiguó dónde estaban escondidas pero no le contó la verdad a su hermano. Los tesoros se habían enterrado en el jardín del templo, y Elisa le dijo a Pigmalión que se hallaban ocultos debajo del altar. Esa misma noche, Pigmalión envió unos sicarios a matar a Siqueo. Tras llevarlo a cabo, los esbirros cavaron inútilmente una fosa bajo el altar. Elisa encontró a su marido asesinado y corrió a desenterrar el tesoro del jardín. Con él en su poder, huyó de Tiro llevándose a su hermana Ana y un séquito de doncellas, ayudada por amigos de Siqueo.

Elisa llegó a las costas de África, donde vivían los gétulos o getulos, una tribu de libios cuyo rey era Jarbas. Pidió hospitalidad y un trozo de tierra para instalarse en ella con su séquito. Jarbas le expuso que le daría tanta tierra como ella pudiera abarcar con una piel de buey. Elisa, a fin de que la piel abarcara la máxima tierra posible, la hizo cortar finas tiras y así consiguió circunscribir un extenso perímetro. Tras esto hizo erigir una fortaleza llamada Birsa, que más tarde se convirtió en la ciudad de Cartago o Qart-Hadašh (que en fenicio significaba “Ciudad Nueva”), sobre un promontorio existente entre el lago de Túnez y la laguna Sebkah er-Riana, que desembocaba en mar abierto. Instaurada como soberana de la ciudadela, recibió de los indígenas el nombre de Dido.

Hay dos versiones acerca de la muerte de Dido.

En la versión clásica, Jarbas quiere desposarla, pero Dido es todavía fiel al recuerdo del difunto Siqueo. Creyendo que si rechazaba a Jarbas éste tomaría represalias contra ella y su gente, acepta, pero el día de la boda, antes de celebrarla, Dido se hunde un puñal en el pecho. Éste sería el modelo de los sacrificios que los cartagineses ofrecerían en el tofet. Por esto la muerte de Dido se relaciona con la figura mitológica del Fénix, que muere en el fuego para renacer de sus cenizas.

La segunda versión es la que aparece en la Eneida de Virgilio. Eneas llega a la costa de Cartago, Dido se enamora de él en seguida y Eneas la corresponde. Pasan un tiempo juntos, pero Eneas, que ha recibido de Júpiter la misión de fundar un nuevo pueblo en el Lacio, debe partir hacia su destino. Una noche, Eneas embarca con su gente y Dido corre a convencerle de que permanezca a su lado, mas en vano. Le ve partir y ordena levantar una gigantesca pira, donde se disponen la espada del héroe, algunas ropas suyas que habían quedado en palacio y el tronco del árbol que custodiaba la entrada de la cueva donde se amaron por primera vez. Al amanecer subió a la pira y se hundió en el pecho la espada de Eneas. Tras su muerte, su hermana Ana, que había intentado disuadirla del suicidio, ordena a su vez prender la pira funeraria. Acerca de esta segunda versión, el poeta Ovidio dedicó una epístola en sus célebres Heroidas, la VII (carta de Dido a Eneas), donde la fundadora de Cartago manifiesta su intención de suicidarse ante la partida y traición de Eneas.

Tras su muerte fue venerada como una divinidad.

AMOR DE DIDO Y ENEAS: Huidos de una patria arrasada, los troyanos llegan a Cartago desviados de su rumbo hacia Italia a causa de la tempestad provocada por la diosa Juno. Allí los recibe su reina, Dido, a quien el caudillo Eneas solicita hospitalidad. Venus –madre del héroe–, para que ésta acceda y no lo traicione, envía a Cupido con la misión de que la enamore de Eneas. Dido había jurado mantenerse fiel a su difunto marido Siqueo, pero nada puede hacer alentada por su hermana Ana y rendida por la intervención de Cupido (que se se sienta en su regazo adoptando la forma de Ascanio –hijo de Eneas– para poder clavarle sus flechas).

A instancias de Juno, Venus acuerda con ella propiciar que Dido y Eneas se casen y reinen juntos en Cartago. Juno así lo desea por el rencor que arrastra contra los troyanos desde el famoso Juicio de Paris y la Guerra de Troya (de este modo se vengaría consiguiendo que Eneas nunca llegue a fundar la que en el futuro será la gloriosa estirpe romana). Venus, sabiendo cuál es el verdadero destino de su hijo, finge aceptar el trato para que los favores de Dido allanen el rehabituallamiento de la flota troyana. Así pues, Juno manipula los acontecimientos para que en Cartago se organice una cacería, durante la cual desata una tormenta que obliga a Dido y a Eneas a cobijarse en una cueva. Esa noche yacen juntos, momento a partir del cual se solazan largamente en los placeres del amor. Ante el retraso que ello ocasiona, Júpiter envía a Mercurio para que le recuerde a Eneas que no son esos los designios del hado, sino que debe partir hacia Italia. El héore, pese al dolor que le ocasiona, obedece la voluntad divina y deja Cartago. Tremendamente desconsolada y ofendida, Dido intenta olvidarlo con ayuda de su hermana, pero no puede. Es por eso que decide suicidarse maldiciendo el abandono de Eneas. Desde ese momento arranca el histórico odio de Cartago hacia Roma.

En el posterior capítulo VI de la Eneida, cuando Eneas desciende al Infierno con ayuda de la Sybilla de Cumas, la encuentra vagando por los Prados Asfódelos, entre los muertos por amor. Comprendiendo entonces que la reina había cometido suicidio a su partida, trata de explicarle con gran pesar que él no quería abandonarla, que los dioses habían labrado así su destino. Pero el fantasma de Dido parece no poder escucharle y continúa su absorto camino tras la sombra de Siqueo.

Y para terminar una moderna DIDO:

WHITE FLAG

I know you think that I shouldn’t still love you,
Or tell you that.
But if I didn’t say it, well I’d still have felt it
where’s the sense in that?

I promise I’m not trying to make your life harder
Or return to where we were

I will go down with this ship
And I won’t put my hands up and surrender
There will be no white flag above my door
I’m in love and always will be

I know I left too much mess and
destruction to come back again
And I caused nothing but trouble
I understand if you can’t talk to me again
And if you live by the rules of “it’s over”
then I’m sure that that makes sense

I will go down with this ship
And I won’t put my hands up and surrender
There will be no white flag above my door
I’m in love and always will be

And when we meet
Which I’m sure we will
All that was there
Will be there still
I’ll let it pass
And hold my tongue
And you will think
That I’ve moved on….

I will go down with this ship
And I won’t put my hands up and surrender
There will be no white flag above my door
I’m in love and always will be

I will go down with this ship
And I won’t put my hands up and surrender
There will be no white flag above my door
I’m in love and always will be

I will go down with this ship
And I won’t put my hands up and surrender
There will be no white flag above my door
I’m in love and always will be

2 Respuestas a “CARTA DE DIDO A ENEAS

  1. M’agrada molt la història de Dido i Eneas, que coneixia per la Eneida, però no em sembla gens malament la moderna Dido…

  2. Pingback: CELEBRATION | PAPELES DEL CLUB PICKWICK

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s