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INVITACIÓN / INCITACIÓN A JULIO CORTÁZAR (1914-1984)

CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

CASA TOMADA

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

REUNIÓN CON UN CÍRCULO ROJO

Usted, como pasa tantas veces, no hubiera podido precisar el momento en que creyó entender; también en el ajedrez y en el amor hay esos instantes en que la niebla se triza y es entonces que se cumplen las jugadas o los actos que un segundo antes hubieran sido inconcebibles. Sin siquiera una idea articulable olió el peligro.

AXOLOLT

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

CIRCE

Delia estaba contenta del resultado, dijo a Mario que su descripción del sabor se acercaba a lo que había esperado. Todavía faltaban ensayos, había cosas sutiles por equilibrar. Los Mañara le dijeron a Mario que Delia no había vuelto a sentarse al piano, que se pasaba las horas preparando los licores, los bombones. No lo decían con reproche, pero tampoco estaban contentos; Mario adivinó que los gastos de Delia los afligían. Entonces pidió a Delia en secreto una lista de las esencias y sustancias necesarias. Ella hizo algo que nunca antes, le pasó los brazos por el cuello y lo besó en la mejilla. Su boca olía despacito a menta. Mario cerró los ojos llevado por la necesidad de sentir el perfume y el sabor desde debajo de los párpados. Y el beso volvió, más duro y quejándose.

LA AUTOPISTA DEL SUR

Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde…

LA ISLA A MEDIODÍA

La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés.

LA NOCHE BOCA ARRIBA

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…”

LA SEÑORITA CORA

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande.

LAS MÉNADES

─Ahí tiene, ahí tiene a un hombre que ha conseguido lo que pocos. No sólo ha formado una orquesta sino un público. ¿No es admirable?

─Sí ─dije yo con mi condescendencia habitual.

─A veces pienso que debería dirigir mirando hacia la sala, porque también nosotros somos un poco sus músicos.

─No me incluya, por favor ─dije─. En materia de música tengo una triste confusión mental. Este programa, por ejemplo, me parece horrendo. Pero sin duda me equivoco.

LEJANA

30 de enero

Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.

PÁGINA ASESINA

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

RAYUELA (CAPÍTULO 68)

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

LOS REYES

TESEO


Vine a eso. A matarte y callar. Sólo mientras Ariana esté en peligro. Apenas la alce a mi nave, todo yo seré voz gritando tu muerte, para que el aire caiga como una plaga en la cara de Minos.

MINOTAURO


Iré delante de ti, trepado en el viento.

TESEO


No serás más que un recuerdo que morirá con el caer del primer sol.

MINOTAURO


Llegaré a Ariana antes que tú. Estaré entre ella y tu deseo. Alzado como una luna roja iré en la proa de tu nave. Te aclamarán los hombres del puerto. Yo bajaré a habitar los sueños de sus noches, de sus hijos, del tiempo inevitable de la estirpe. Desde allí cornearé tu trono, el cetro inseguro de tu raza… Desde mi libertad final y ubicua, mi laberinto diminuto y terrible en cada corazón de hombre.

EL SENTIMIENTO DE LO FANTÁSTICO

Ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. Creo que esa misma definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción.

Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.

SOBRE EL CUENTO

Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

JULIO CORTÁZAR: SEGUNDA VEZ

JULIO CORTÁZAR: SEGUNDA VEZ

(de Alguien que anda por ahí, 1977)

No más que los esperábamos, cada uno tenía su fecha y su hora, pero eso sí, sin apuro, fumando despacio, de cuando en cuando el negro López venía con café y entonces dejábamos de trabajar y comentábamos las novedades, casi siempre lo mismo, la visita del jefe, los cambios de arriba, las performances en San Isidro. Ellos, claro, no podían saber que los estábamos esperando, lo que se dice esperando, esas cosas tenían que pasar sin escombro, ustedes proceden tranquilos, palabra del jefe, cada tanto lo repetía por las dudas, ustedes la van piano piano, total era fácil, si algo patinaba no se la iban a tomar con nosotros, los responsables estaban arriba y el jefe era de ley, ustedes tranquilos, muchachos, si hay lío aquí la cara la doy yo, lo único que les pido es que no se me vayan a equivocar de sujeto, primero la averiguación para no meter la pata y después pueden proceder nomás.

Francamente no daban trabajo, el jefe había elegido oficinas funcionales para que no se amontonaran, y nosotros los recibíamos de a uno como corresponde, con todo el tiempo necesario. Para educados nosotros, che, el jefe lo decía vuelta a vuelta y era cierto, todo sincronizado que reíte de las IBM, aquí se trabajaba con vaselina, minga de apuro ni de córranse adelante. Teníamos tiempo para los cafecitos y los pronósticos del domingo, y el jefe era el primero en venir a buscar las fijas que para eso el flaco Bianchetti era propiamente un oráculo. Así que todos los días lo mismo, llegábamos con los diarios, el negro López traía el primer café y al rato empezaban a caer para el trámite. La convocatoria decía eso, trámite que le concierne, nosotros solamente ahí esperando. Ahora que eso sí, aunque venga en papel amarillo una convocatoria siempre tiene un aire serio; por eso María Elena la había mirado muchas veces en su casa, el sello verde rodeando la firma ilegible y las indicaciones de fecha y lugar. En el ómnibus volvió a sacarla de la cartera y le dio cuerda al reloj para más seguridad. La citaban a una oficina de la calle Maza, era raro que ahí hubiera un ministerio pero su hermana había dicho que estaban instalando oficinas en cualquier parte porque los ministerios ya resultaban chicos, y apenas se bajó del ómnibus vio que debía ser cierto, el barrio era cualquier cosa, con casas de tres o cuatro pisos y sobre todo mucho comercio al por menor, hasta algunos árboles de los pocos que iban quedando en la zona.

    «Por lo menos tendrá una bandera», pensó María Elena al acercarse a la cuadra del setecientos, a lo mejor era como las embajadas que estaban en los barrios residenciales pero se distinguían desde lejos por el trapo de colores en algún balcón. Aunque el número figuraba clarito en la convocatoria, la sorprendió no ver la bandera patria y por un momento se quedó en la esquina (era demasiado temprano, podía hacer tiempo) y sin ninguna razón le preguntó al del quiosco de diarios si en esa cuadra estaba la Dirección.

—Claro que está —dijo el hombre—, ahí a la mitad de cuadra, pero antes por qué no se queda un poquito para hacerme compañía, mire lo solo que estoy.

—A la vuelta —le sonrió María Elena yéndose sin apuro y consultando una vez más el papel amarillo. Casi no había tráfico ni gente, un gato delante de un almacén y una gorda con una nena que salían de un zaguán. Los pocos autos estaban estacionados a la altura de la Dirección, casi todos con alguien en el volante leyendo el diario o fumando. La entrada era angosta como todas en la cuadra, con un zaguán de mayólicas y la escalera al fondo; la chapa en la puerta parecía apenas la de un médico o un dentista, sucia y con un papel pegado en la parte de abajo para tapar alguna de las inscripciones. Era raro que no hubiese ascensor, un tercer piso y tener que subir a pie después de ese papel tan serio con el sello verde y la firma y todo.

La puerta del tercero estaba cerrada y no se veía ni timbre ni chapa. María Elena tanteó el picaporte y la puerta se abrió sin ruido; el humo del tabaco le llegó antes que las mayólicas verdosas del pasillo y los bancos a los dos lados con la gente sentada. No eran muchos, pero con ese humo y el pasillo tan angosto parecía que se tocaban con las rodillas, las dos señoras ancianas, el señor calvo y el muchacho de la corbata verde. Seguro que habían estado hablando para matar el tiempo, justo al abrir la puerta María Elena alcanzó un final de frase de una de las señoras, pero como siempre se quedaron callados de golpe mirando a la que llegaba último, y también como siempre y sintiéndose tan sonsa María Elena se puso colorada y apenas si le salió la voz para decir buenos días y quedarse parada al lado de la puerta hasta que el muchacho le hizo una seña mostrándole el banco vacío a su lado. Justo cuando se sentaba, dándole las gracias, la puerta del otro extremo del pasillo se entornó para dejar salir a un hombre de pelo colorado que se abrió paso entre las rodillas de los otros sin molestarse en pedir permiso. El empleado mantuvo la puerta abierta con un pie, esperando hasta que una de las dos señoras se enderezó dificultosamente y disculpándose pasó entre María Elena y el señor calvo; la puerta de salida y la de la oficina se cerraron casi al mismo tiempo, y los que quedaban empezaron de nuevo a charlar, estirándose un poco en los bancos que crujían.

Cada uno tenía su tema, como siempre, el señor calvo la lentitud de los trámites, si esto es así la primera vez qué se puede esperar, dígame un poco, más de media hora para total qué, a lo mejor cuatro preguntas y chau, por lo menos supongo.

—No se crea —dijo el muchacho de la corbata verde—, yo es la segunda vez y le aseguro que no es tan corto, entre que copian todo a máquina y por ahí uno no se acuerda bien de una fecha, esas cosas, al final dura bastante.

El señor calvo y la señora anciana lo escuchaban interesados porque para ellos era evidentemente la primera vez, lo mismo que María Elena aunque no se sentía con derecho a entrar en la conversación. El señor calvo quería saber cuánto tiempo pasaba entre la primera y la segunda convocatoria, y el muchacho explicó que en su caso había sido cosa de tres días. ¿Pero por qué dos convocatorias?, quiso preguntar María Elena, y otra vez sintió que le subían los colores a la cara y esperó que alguien le hablara y le diera confianza, la dejara formar parte, no ser ya más la última. La señora anciana había sacado un frasquito como de sales y lo olía suspirando. Capaz que tanto humo la estaba descomponiendo, el muchacho se ofreció a apagar el cigarrillo y el señor calvo dijo que claro, que ese pasillo era una vergüenza, mejor apagaban los cigarrillos si se sentía mal, pero la señora dijo que no, un poco de fatiga solamente que se le pasaba enseguida, en su casa el marido y los hijos fumaban todo el tiempo, ya casi no me doy cuenta. María Elena que también había tenido ganas de sacar un cigarrillo vio que los hombres apagaban los suyos, que el muchacho lo aplastaba contra la suela del zapato, siempre se fuma demasiado cuando se tiene que esperar, la otra vez había sido peor porque había siete u ocho personas antes, y al final ya no se veía nada en el pasillo con tanto humo.

—La vida es una sala de espera —dijo el señor calvo, pisando el cigarrillo con mucho cuidado y mirándose las manos como si ya no supiera qué hacer con ellas, y la señora anciana suspiró un asentimiento de muchos años y guardó el frasquito justo cuando se abría la puerta del fondo y la otra señora salía con ese aire que todos le envidiaron, el buenos días casi compasivo al llegar a la puerta de salida. Pero entonces no se tardaba tanto, pensó María Elena, tres personas antes que ella, pongamos tres cuartos de hora, claro que en una de ésas el trámite se hacía más largo con algunos, el muchacho ya había estado una primera vez y lo había dicho. Pero cuando el señor calvo entró en la oficina, María Elena se animó a preguntar para estar más segura, y el muchacho se quedó pensando y después dijo que la primera vez algunos habían tardado mucho y otros menos, nunca se podía saber. La señora anciana hizo notar que la otra señora había salido casi enseguida, pero el señor de pelo colorado había tardado una eternidad.

—Menos mal que quedamos pocos —dijo María Elena—, estos lugares deprimen.

—Hay que tomarlo con filosofía —dijo el muchacho—, no se olvide que va a tener que volver, así que mejor quedarse tranquila. Cuando yo vine la primera vez no había nadie con quien hablar, éramos un montón pero no sé, no se congeniaba, y en cambio hoy desde que llegué el tiempo va pasando bien porque se cambian ideas.

A María Elena le gustaba seguir charlando con el muchacho y la señora, casi no sintió pasar el tiempo hasta que el señor calvo salió y la señora se levantó con una rapidez que no le habrían sospechado a sus años, la pobre quería acabar rápido con los trámites.

—Bueno, ahora nosotros —dijo el muchacho—. ¿No le molesta si fumo un pitillo? No aguanto más, pero la señora parecía tan descompuesta…

—Yo también tengo ganas de fumar.

Aceptó el cigarrillo que él le ofrecía y se dijeron sus nombres, dónde trabajaban, les hacía bien cambiar impresiones olvidándose del pasillo, del silencio que por momentos parecía demasiado, como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos. María Elena también había vivido en Floresta pero de chica, ahora vivía por Constitución. A Carlos no le gustaba ese barrio, prefería el oeste, mejor aire, los árboles. Su ideal hubiera sido vivir en Villa del Parque, cuando se casara a lo mejor alquilaba un departamento por ese lado, su futuro suegro le había prometido ayudarlo, era un señor con muchas relaciones y en una de ésas conseguía algo.

—Yo no sé por qué, pero algo me dice que voy a vivir toda mi vida por Constitución —dijo María Elena—. No está tan mal, después de todo. Y si alguna vez…

Vio abrirse la puerta del fondo y miró casi sorprendida al muchacho que le sonreía al levantarse, ya ve cómo pasó el tiempo charlando, la señora los saludaba amablemente, parecía tan contenta de irse, todo el mundo tenía un aire más joven y más ágil al salir, como un peso que les hubieran quitado de encima, el trámite acabado, una diligencia menos y afuera la calle, los cafés donde a lo mejor entrarían a tomarse una copita o un té para sentirse realmente del otro lado de la sala de espera y los formularios. Ahora el tiempo se le iba a hacer más largo a María Elena sola, aunque si todo seguía así Carlos saldría bastante pronto, pero en una de ésas tardaba más que los otros porque era la segunda vez y vaya a saber qué trámite tendría.

Casi no comprendió al principio cuando vio abrirse la puerta y el empleado la miró y le hizo un gesto con la cabeza para que pasara. Pensó que entonces era así, que Carlos tendría que quedarse todavía un rato llenando papeles y que entretanto se ocuparían de ella. Saludó al empleado y entró en la oficina; apenas había pasado la puerta cuando otro empleado le mostró una silla delante de un escritorio negro. Había varios empleados en la oficina, solamente hombres, pero no vio a Carlos. Del otro lado del escritorio un empleado de cara enfermiza miraba una planilla; sin levantar los ojos tendió la mano y María Elena tardó en comprender que le estaba pidiendo la convocatoria, de golpe se dio cuenta y la buscó un poco perdida, murmurando excusas, sacó dos o tres cosas de la cartera hasta encontrar el papel amarillo.

—Vaya llenando esto —dijo el empleado alcanzándole un formulario—. Con mayúsculas, bien clarito.

Eran las pavadas de siempre, nombre y apellido, edad, sexo, domicilio. Entre dos palabras María Elena sintió como que algo le molestaba, algo que no estaba del todo claro. No en la planilla, donde era fácil ir llenando los huecos; algo afuera, algo que faltaba o que no estaba en su sitio. Dejó de escribir y echó una mirada alrededor, las otras mesas con los empleados trabajando o hablando entre ellos, las paredes sucias con carteles y fotos, las dos ventanas, la puerta por donde había entrado, la única puerta de la oficina. Profesión, y al lado la línea punteada; automáticamente rellenó el hueco. La única puerta de la oficina, pero Carlos no estaba ahí. Antigüedad en el empleo. Con mayúsculas, bien clarito.

Cuando firmó al pie, el empleado la estaba mirando como si hubiera tardado demasiado en llenar la planilla. Estudió un momento el papel, no le encontró defectos y lo guardó en una carpeta. El resto fueron preguntas, algunas inútiles porque ella ya las había contestado en la planilla, pero también sobre la familia, los cambios de domicilio en los últimos años, los seguros, si viajaba con frecuencia y adonde, si había sacado pasaporte o pensaba sacarlo. Nadie parecía preocuparse mucho por las respuestas, y en todo caso el empleado no las anotaba. Bruscamente le dijo a María Elena que podía irse y que volviera tres días después a las once; no hacía falta convocatoria por escrito, pero que no se le fuera a olvidar.

—Sí, señor -—dijo María Elena levantándose—, entonces el jueves a las once.

—Que le vaya bien —dijo el empleado sin mirarla.

En el pasillo no había nadie, y recorrerlo fue como para todos los otros, un apurarse, un respirar liviano, unas ganas de llegar a la calle y dejar lo otro atrás. María Elena abrió la puerta de salida y al empezar a bajar la escalera pensó de nuevo en Carlos, era raro que Carlos no hubiera salido como los otros. Era raro porque la oficina tenía solamente una puerta, claro que en una de ésas no había mirado bien porque eso no podía ser, el empleado había abierto la puerta para que ella entrara y Carlos no se había cruzado con ella, no había salido primero como todos los otros, el hombre del pelo colorado, las señoras, todos menos Carlos.

El sol se estrellaba contra la vereda, era el ruido y el aire de la calle; María Elena caminó unos pasos y se quedó parada al lado de un árbol, en un sitio donde no había autos estacionados. Miró hacia la puerta de la casa, se dijo que iba a esperar un momento para ver salir a Carlos. No podía ser que Carlos no saliera, todos habían salido al terminar el trámite. Pensó que acaso él tardaba porque era el único que había venido por segunda vez; vaya a saber, a lo mejor era eso. Parecía tan raro no haberlo visto en la oficina, aunque a lo mejor había una puerta disimulada por los carteles, algo que se le había escapado, pero lo mismo era raro porque todo el mundo había salido por el pasillo como ella, todos los que habían venido por primera vez habían salido por el pasillo.

Antes de irse (había esperado un rato, pero ya no podía seguir así) pensó que el jueves tendría que volver. Capaz que entonces las cosas cambiaban y que la hacían salir por otro lado aunque no supiera por dónde ni por qué. Ella no, claro, pero nosotros sí lo sabíamos, nosotros la estaríamos esperando a ella y a los otros, fumando despacito y charlando mientras el negro López preparaba otro de los tantos cafés de la mañana.

CORTÁZAR POR GARCÍA MÁRQUEZ

El argentino que se hizo querer de todos                                               Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible. Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo. Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.

Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta, entre peloteros más mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón. Años después, cuando ya éramos viejos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a sí mismo en uno de los cuentos mejor acabados –El otro cielo-, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo. Cortázar lo describió así: “Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija. La cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y se rehúsa a dar el paso que lo devolverá a la vigilia”. Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera percibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con la que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez. Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Gabriel García Márquez

 

El cuento de Cortázar “La noche de Mantequilla”, puede leerse en la colección Alguien que anda por ahí (1977).

JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick. 2ª parte (con una carta)

Mirándolo con seriedad, Pickwick condensa, como todos los libros de Charles Dickens y de sus contemporáneos, la moral considerablemente estrecha de su tiempo. El recato, el pudor, la ausencia de fisiología y de sexualidad, las buenas costumbres y los valores burgueses condicionan rigurosamente las conductas y los discursos de los personajes, incluso de los malvados que terminan casi siempre arrepintiéndose o son castigados como corresponde, con la sorprendente y casi gratificante excepción de Dodson y Fogg, los abogados por cuya culpa el señor Pickwick conocerá la prisión por deudas y el sufrimiento. Una parte de la crítica moderna ha insisitido en denunciar este universo novelesco convencional que poco corresponde en realidad a las conductas y valores privados de los ingleses y de Dickens en persona a principios de la era victoriana. Sin embargo, este tipo de crítica, que de alguna manera consiste en pedirle peras al olmo de la literatura, siempre me ha parecido inconsistente. Lo que considera hipocresía es en el fondo un hábil acuerdo tácito y táctico entre autor y lector en el que ninguno de los dos se engaña ni es engañado; la hipocresía es sólo relativa puesto que deja abiertas las entrelíneas de la literatura para aquellos que sepan leer. En el terreno de los sentimientos amorosos, por ejemplo, Dickens aplica todas las convenciones de su tiempo -como nosotros las del nuestro, dicho sea de paso-. Así las jovencitas se sonrojan apenas un caballero las mira y proceden a desmayarse tan pronto escuchan una alusión matrimonial; calidad de lenguaje aparte, los púdicos galanteos de alguien tan refinado como Snodgrass o Winkle no se diferencian en nada de los de un individuo tan rústico y directo como Samuel Weller. Madres, esposos, hijos y tías cumplen estrictamente el papel que la sociedad espera de ellos. Y sin embargo, el pacto secreto está muy claro entre el autor y el lector y no es necesario que busquemos demasiado lo que los contemporáneos de Dickens entendían perfectamente. La mejor prueba la da el mismo Pickwick, cuya edad y condición social lo colocan al margen de toda preocupación galante, pero que en varias ocasiones (al lector le encantará verificarlo durante la lectura) aprovecha circunstancias favorables para mirar de una manera muy especial a alguna tímida doncella o besar con más intensidad de la necesaria a una joven desposada. Se ha dicho asimismo que la fidelidad de Samuel Weller hacia su amo, que lo lleva a posponer su matrimonio para cuidar de él, refleja demasiado la visión de la clase dominante sobre su servidumbre. ¿Por qué en ese caso conozco yo a más de una persona que en pleno siglo veinte ha preferido renunciar a su vida personal por los mismos motivos? Si Dickens mira oficialmente el mundo con una mirada de señor, otro Dickens lleno de humor e ironía pone en sus personajes más sencillos una notable capacidad de crítica; basta escuchar lo que el mismo Sam Weller dice más de una vez sobre Winkle, e incluso sobre su propio amo, a quien tiene que proteger contra su irrevocable tendencia a la tontería. Lo convencional no es tan hipócrita en Pickwick, y si hoy nos duele una visión social en la que ricos y pobres parecen destinados a serlo eternamente por un decreto divino, ¿cómo no admirar que Dickens dedique más de un centenar de páginas a describir, con detalles de un realismo digno de un Oliver Twist o de un David Copperfield, el infierno de la prisión por deudas que innumerables veces denunciará como una de las peores lacras del sistema social de su tiempo?

En su clásica historia de la literatura inglesa, George Sampson dice de Pickwick que “su vasto y vigoroso mundo con sus trescientos personajes y sus veintidós posadas creado por un joven de veinticuatro años es uno de los milagros del arte literario”. ¡Vaya si es cierto!Y cuánto humor dickensiano tiene esa caracterización global a base de un recuento de figuras y de albergues. Por cosas así Pickwick nos incorpora a su territorio de la misma manera que lo hace la vida rodeándonos de una infinidad de contactos personales en los más diversos lugares imaginables y también como la vida se esfuma en un sentido mientras se ahínca en otro en ese extraño teatro de la memoria que archiva determinadas imágenes mientras abandona las demás al olvido. Apenas pasamos dos o tres páginas sin que aparezcan nuevos personajes que además proceden casi de inmediato a trepar a coches y diligencias para trasladarse de un lugar a otro y conocer, junto con nosotros, a nuevos amigos o adversarios. Un diluvio de abogados, policías, cocheros, políticos, jueces, propietarios rurales dotados de abundante familia, carceleros, truhanes, criados y viejísimas aunque majestuosas abuelas y tías entran y salen de la escena con una misma truculenta animación desbordante, como si el mero paso del señor Pickwick y sus tres amigos provocara un casi instantáneo pandemonio. Y sin embargo, puesto que el mundo de Dickens es aquí la vida misma, no tardamos en elegir a nuestros amigos o adversarios personales mientras el resto entra muy pronto en la penumbra. Cada lector tendrá como siempre sus favoritos y en mi caso he dudado entre las dos maravillosas figuras de Samuel Weller padre e hijo para finalmente escoger otra de la que hablaré después. El genio dickensiano logra con los Weller un milagro de presencia física y espiritual que no creo tenga ningún otro personaje del libro aunque enfrenten rivales tan peligrosos y admirables como Alfred Jingle, Bob Sawyer y José, el muchacho gordo, extraña y casi misteriosa criatura esta última que nos hace reír a la vez que nos inquieta. Pero además hay que pensar en las veintidós posadas de que habla Sampson, porque otro de los milagros del libro es la fuerza y la intensidad de los lugares y los escenarios, algo así como super personajes silenciosos envolviendo la locuacidad de los otros. Cada albergue, cada casa de campo, cada celda de la prisión por deudas, alcanza inmediatemente una presencia para lo cual Dickens no necesitó dar demasiados detalles. Su rápida precisa y diferente visión de los salones de cualquier posada, de los patios del relevo de las diligencias, de la finca de los Wardle o del estudio de los abogados Dodson y Fogg hace pensar en los grabados de Daumier o de Hogarth esbozando ambientes parecidos.

Para lograrlo, Dickens integra casi simultáneamente la vida en cada escenario como en esas piezas de teatro en las que al alzarse el telón hay ya personajes en pleno movimiento. Los lugares asumen así una personalidad especial, una atmósfera que no tiene nada del decorado frecuente en las novelas de la época con sus amos y criados, sus viajeros rodeando el fuego del salón o bebiendo junto a la chimenea de los albergues, sus parejas enamoradas en los bailes y las glorietas, sus excursionistas saliendo a cazar o a batirse en duelo, sus hoteleros, sus abogados y sus gendarmes, cada lugar está vivo y habitado como la sala o el café donde ahora estamos leyendo el libro y es por eso que con tanta facilidad pasamos imaginariamente de los unos a los otros.

Cada vez que a lo largo de la vida empecé a sentir la necesidad de releer Pickwick, me interrogué sobre cuál de los personajes me estaba llamando con más fuerza a esa nueva cita. La respuesta fue instantánea: Jingle. Curiosamente, Jingle está lejos de llenar páginas con la misma abundancia que los Weller o la pequeña familia pickwickiana. Entra impetuosamente en el segundo capítulo, reaparece un par de veces y sólo hacia el final su espectro -pues poco queda ya del verdadero Jingle- surge ante Pickwick mientras este explora el melancólico infierno de la prisión por deudas. Pero así como en mi infancia me atrajo amorosamente la figura más que diluida de Arabella Allen, la encantadora desvergüenza de Jingle debió marcarme para siempre (mal ejemplo, hubiera dicho mi tía de saberlo) y es a su conjuro que siempre he vuelto a abrir el libro y a esperar impacientemente el momento en que se precipita en plena refriega y salva a Pickwick y a sus amigos de la paliza que se disponen a darles los cocheros enfurecidos. Se me ocurre también que quiero a Jingle porque nos da la única referencia a España en un libro tan irremediablemente británico y que eso pudo ser otro motivo de fascinación en mi primera lectura. Después de sostener que las mujeres españolas son más bellas que las inglesas, afirma que conquistó a miles de ellas superando como se ve el famoso record de “mil y tres” del Don Juan de Mozart, tras de lo cual pasa a narrar su idilio con doña Cristina y el drama provocado por la intransigencia de su padre, un grande de España que responde al increíble nombre de don Belaro Fizzgig. Con cosas así era fácil que Jingle no solamente embaucara a los inocentes pickwickianos, sino a los lectores como yo jugando la carta de la imaginación pura frente a los que tienden a no ver más allá de sus narices.

En Pickwick sólo un personaje podía hacer frente a Jingle e incluso vencerlo en el terreno de lo imaginario, pero curiosamente Dickens impidió ese combate mental entre Samuel Weller y su digno rival. Esto lleva a pensar cómo la fuerza y la presencia vital de los personajes invitan a cualquier lector a concebir encuentros y combinaciones que no figuran en el libro. Bob Sawyer, por ejemplo, es otro que hubiera provocado admirables enredos si en vez de ser desplazado inmerecidamente por Winkle en el corazón de Arabella Allen (también me desplazó a mí, dicho sea de paso), el novelista lo hubiese metido impetuosamente en cualquiera de las innumerables situaciones en las que medio mundo salía más tonto o más incorregible que antes.

¿Qué decir sobre Sam Weller que él no haya dicho mejor? A su manera indirecta y metafórica, de todos los personajes de Pickwick es el que más se refiere a sí mismo, no por pura vanidad, sino por riqueza interior, fantasía desbordante y esa joie de vivre que nos lo vuelve irresistible. Claro que cuando se conoce a su padre se da uno cuenta de donde le vienen esas cualidades; en la inmensa farándula de personajes a cuál más exuberante, los Weller padre e hijo sobrepasan a todos porque nadie es capaz de mayor naturalidad en la truculencia, de mayor fuerza en la expresión de los sentimientos y las conductas. Pickwick no hubiera llegado muy lejos en sus aventuras sin el providencial ingreso de Sam en su vida, mientras que éste hubiera encontrado su camino en cualquier circunstancia sin perder su manera de ser y su libertad profunda. Precisamente ahí está su grandeza, porque cuando renuncia a la independencia para dedicarse a cuidar a su amo envejecido y ya un poco chocho (que no nos oiga ninguno de los dos), Sam nos da la mejor lección de libertad personal imaginable. Se queda porque le da la gana, como dijo el viejo cuando le preguntaron cómo era que le faltaban todos los dientes menos uno; es el tipo de respuesta que Sam hubiera dado a cualquier preguntón, aunque con mucha más gracia.

Se habrá visto que estas impresiones más subjetivas que críticas se fundan en una temprana lectura de Pickwick que las condiciona con una fuerza a la que no puedo ni quiero resistir. Por eso me resulta difícil imaginar la relación de un lector adulto en años y en lecturas y nada me extrañaría que sea muy diferente de la mía. A esta altura de la historia contemporánea todos nos sentimos como el Viejo Marinero de Coleridge, más tristes y más sapientes, y libros como Pickwick, Los tres mosqueteros o Huckleberry Finn, pueden tropezar hoy con la impaciencia y hasta el desdén. Me parece triste que tanto la crítica como el lector tiendan muchas veces -sin darse clara cuenta- a jerarquizar la literatura a base de parámetros exclusivamente modernos y a establecer sus opciones por motivos que en el fondo tocan más a la ética que a la estética. Como ejemplo deliberadamente exagerado, nadie duda de que un Dostoievski nos propone un mundo harto más complejo y trascendental que un Dickens, pero el error empieza cuando una lectura de Dickens puede malograrse total o parcialemente por el peso que ejerza en la memoria cultural la lectura del novelista ruso. Es un hecho que la búsqueda de verdad y de profundidad en la novela moderna parece alejarnos cada vez más del puro placer narrativo; casi nada se cuenta hoy por el encanto de contarlo, pero tal vez por eso cuando en nuestros días surge nuevamente un gran narrador hay como un inconsciente reconocimiento agradecido de ese arte esencialmente hedónico y libros como Cien años de soledad encuentran millones de lectores apasionados exactamente como los encontraron Charles Dickens y Alejandro Dumas en su tiempo.

Voluntaria o no, esa admisión por parte del lector moderno me parece no sólo saludable, sino prueba de que la balanza literaria actual está excesivamente desequilibrada. ¿Cuántas veces me habrán reprochado que en vez de insisitir en los aspectos más dramáticos de mi mundo novelesco me haya dejado llevar por la alegría y el desenfado? Nunca me he sentido culpable de hacerlo porque Dimitri Karamazov no puede matar en mí a Samuel Pickwick, de la misma manera que Pickwick no podrá hacerme olvidar jamásla presencia apocalíptica de los Karamazov en nuestra vida y nuestra historia.

Simplemente me gustaría contribuir a una especie de liberación moral de esos lectores que creen de su responsabilidad consagrarse a la literatura profunda, rellénese esta palabra como se prefiera. Apunto a una dialéctica de la lectura que debería ser también una dialéctica de vida, una pulsación más isócrona de la búsqueda y el gusto del conocimiento y el placer mejor ajustada a todo eso que tenemos tan al alcance de la mano que casi no lo vemos: el gran latido cósmico, el diástole y el sístole del día y de la noche, del flujo y el reflujo del océano.

Querido señor Picwick:

¿Qué hubiera pensado usted de lo que acabo de escribir? ¿Su proverbial cultura y su gran cortesía no se hubieran opuesto a recibir estas páginas de mi mano como tantas veces y en tantas posadas o salones recibió manuscritos que luego leyó a la luz de un candil, después de haberse puesto su camisón y su gorro de dormir? Incluso le diría, para  facilitarle la tarea en caso necesario, que su generosidad en esa materia no siempre se vio recompensada con una buena lectura, pues los relatos intercalados en los distintos momentos de sus viajes están casi siempre por debajo de todo lo que usted y sus amigos me han dado a lo largo de sus admirables aventuras (con la excepción del Manuscrito de un loco,que debió influir nada menos que en Edgar Allan Poe). Por eso si el sueño le llega antes de la última palabra, ni usted ni yo nos preocuparemos demasiado; sabido es que la buena literatura no le está dada a todo el mundo. Quiero creer, con un optimismo que muchos amigos me reprochan, que algunas de las cosas que he dicho merecerán su aprobación. Usted es todavía más optimista que yo al punto que también sus amigos han debido reprochárselo y pienso que en el fondo lo que buscan decirnos es que somos tontos. Pero a mí no me pareció nunca una tontería que usted dicidiera servir a los altos intereses culturales del club Pickwick lanzándose a los perceptibles riesgos que entrañaban los coches y sus cocheros, las posadas (donde nunca estaba excluida la horrible posibilidad de meterse por error en la habitación de una señora sola) y el encuentro con personas que, como tantas veces ocurre, eran truhanes bajo la apariencia de caballeros o abogados. Su perfecta autodefinición, la de observador de la naturaleza humana, no solamente le valió al club Pickwick uno de los más ricos archivos en la materia, sino que millones de seres humanos de todos los países del mundo han mirado junto con usted y gracias a usted esa comedia humana cómica que sigue bullendo infatigable en nuestra memoria.

Como todos los personajes de los grandes libros, usted tiene el don milagroso de atravesar el tiempo y estar presente entre nosotros; lo que cada lector piensa de usted traduce de alguna manera lo que usted hubiera pensado de él. Quienes lo encuentran absurdo e inconsistente se desnudan ante usted como carentes por competo de humor y de generosidad vital; los que lo estudian lupa en mano para ahondar en sus circunstancias históricas o sociológicas, hubieran sido inmediatamente designados miembros correspondientes del club Pickwick. Por mi parte, yo lo veo como un alto ejemplo de humanidad, en el sentido de quien reduce lo más posible su natural egoísmo para entregarse a la contemplación multiforme y generosa de sus semejantes; y si muchos de los más grandes autores literarios son grandes precisamente por esa capacidad de abrazar una realidad en toda su riqueza, pocos de sus personajes lo son.

En ese plano, en cambio, no hay ninguna diferencia entre Dickens y usted y se diría que al lanzarlo al gran escenario de la letra impresa su autor estaba ya proclamando lo que después daría la infinita riqueza de sus novelas mayores; usted anuncia David Copperfield y Oliver Twist, muestra alegre e inocentemente el camino de Grandes esperanzas y de Dombey e hijo.

Por cosas así quisiera decirle que usted ha sido uno de mis mejores maestros imaginarios y que, en esa época en que las normas sociales buscaban hacer de mí un ente satisfactoriamente racional y utilitario para mayor provecho del orden estatuido y los principios vigentes, usted entró en la gran sala de clase de mi vida tropezándose contra una pared, equivocándose de puerta, tomando gato por liebre y ocasionando las peores confusiones para usted mismo diversas señoras y la gran mayoría de sus amigos y admiradores. Sin esperar más salí en su seguimiento y no he cesado de hacerlo desde entonces porque usted, para quien la poesía no parece existir, me la mostró con su conducta; usted, la seriedad personificada, me introdujo para siempre en el mundo del humor; usted, que nada tiene de soñador puesto que es una mente científica capaz de descubrir misteriosas piedras con jeroglíficos y otros enigmas científicos, me mostró el camino de la luna y el encanto de ir de un lugar a otro sin la menor finalidad razonable.

Por todo eso, querido señor Pickwick, le estoy dando hoy las gracias.

JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick (1ª parte)

Siempre sospeché que Julio Cortázar y sus cronopios eran muy pickwinianos, pero aquí he encontrado la prueba: el prólogo de Cortázar a la traducción española de Los papeles del club Pickwick de Charles Dickens.

JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick.

 Un humorista cuyo nombre se me olvida, por razones que acaso Freud conoce, dijo que un prólogo es algo que se escribe después se pone antes y no se lee ni antes ni después.

A riesgo de correr tan amarga suerte, me abandono al placer de una presentación que sé esencialmente inútil frente a una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido, cualidades cada día más necesarias pero que una parte capital de la literatura contemporánea deja de lado por razones no menos capitales

Si el humor es esa ilógica y admirable capacidad humana de hacer frente a la sombra con la luz no para negarla sino para asumirla y a la vez mostrarle que no nos dejaremos envolver por ella. Los papeles póstumos del Club Pickwick valen como uno de esos raros reductos donde el humor se concentra hasta lograr una máxima tensión y una jubilosa eficacia. Traducido a todas las lenguas imaginables forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo en ese sedimento de la infancia y la adolescencia que los críticos suelen dejar de lado para ocuparse de influencias y corrientes más grávidas. Como los personajes de Mark Twain y Lewis Carroll, las imágenes y las aventuras de Samuel Pickwick y sus amigos son el trasfondo inicial de muchas vocaciones literarias valen como intercesores entre la áspera vida que espera en el umbral de la adolescencia y la certeza interior de que el reino de lo imaginario no se detiene ahí y puede seguir llenando de gracia y de ternura nuestro paso por las cosas y los años.

Por  todo eso quisiera mostrar a una generación más joven que la mía por qué y cómo siento a Pickwick tan cerca de mí lo más probable es que mi especial relación con su mundo se haya dado o se dará en casi todos sus lectores y por eso no vacilo en entrar en lo autobiográfico allí donde resulta imposible hablar de una obra literaria sin esa, temprana participación personal que domina en la infancia y en la primera juventud cuando leer es vivir los sueños ajenos con la misma fuerza y la misma fascinación que los sueños propios.

No escribo esto como crítico sino como un fiel enamorado participante del mundo pickwickiano, como alguien que a lo largo de su vida ha tornado y retornado a esas páginas que tienen la misma magia de tantas ciudades o paisajes a los que se regresa por nostalgia, por un irresistible llamado a volver a ver a volver a ser eso que se fue en otro tiempo y otra edad.

Quienes me conocen no se extrañarán de que el azar haya tenido alguna intervención en lo que estoy escribiendo. Hace unos meses entré en esa recurrente nostalgia de Pickwick que me asalta cada tantos años pero no tenía tiempo para leerlo con calma y dejé irse los días sin decidirme a empezar algo que sería interrumpido a cada momento. Justamente entonces vi en una librería una nueva edición anotada que no conocía y comprendí que el signo estaba dado y que la hora había sonado. Lo que sonó además fue el teléfono casi al día siguiente con una invitación de los amigos del Círculo de Lectores para que les prologara esta nueva edición española. Como tantas veces en mi vida la casualidad se volvió causalidad y aquí está el efecto. Mi relectura de Pickwick (y van…) se hizo dentro de condiciones privilegiadas pues además de seguir el texto en una edición que tiene el encanto adicional de explicaciones y aclaraciones a veces necesarias y siempre divertidas lo leí con una participación más profunda que nunca ahora que debía precederlo con estas páginas en su versión española Y la próxima vez -ojalá el tiempo me alcance todavía, ojalá una vez más pueda yo entrar con los alegres caballeros pickwickianos en cualquiera de las posadas donde esperan la risa el ron y las chisporroteantes chimeneas donde todo puede suceder y todo va a volverse cuento, sueño y bien ganado fin de capítulo.

Apenas abrí el libro fue el vertiginoso salto atrás de siempre, mi regreso a la primera lectura de Pickwick en español en una época que ya no alcanzo a situar. Pienso que debía tener once o doce años cuando me cayó en las manos la edición de Sáenz de Jubera que desgraciadamente se quedó en alguna biblioteca de Bánfield o de Buenos Aires ya para siempre fuera de mi alcance. En esa colección de gran formato y textos a doble columna con horrendas tapas ilustradas a todo color figuraba la mayoría de los autores que devoré en esos años y cuyos méritos variaban vertiginosamente aunque mi hambre de lectura no estableciera mayores diferencias entre Victor Hugo y Eugenio Sue o entre Walter Scott y Xavier de Montepin. Si aun tuviera a mano ese Pickwick podría dar detalles sobre la traducción que supongo tan desenvuelta e inescrupulosa como muchas otras en la misma serie. Si por ejemplo Dostoievski producía la penetrante impresión de haber pasado del ruso al francés y de ahí a Sáenz de Jubera con las consecuencias imaginables, la novela de Dickens había sufrido interesantes transformaciones empezando por la supresión del primer capítulo que el traductor debió estimar poco divertido y siguiendo por el título que se metamorfoseó en Aventuras de Pickwick.

En esa época vi cosas todavía peores, por ejemplo una traducción de Mark Twain que se llamaba jacarandosamente Las aventuras de Masín Sawyer. Si traducir es en cierto sentido recrear, aquello era una recreación en el sentido más jocoso de la palabra.

¿Pero qué importaba? Doce años por un lado y por el otro el genio de un escritor capaz de atravesar todas las barreras idiomáticas: el encuentro fue tan fulminante como maravilloso y el mundo de mi familia y mis amigos entró de inmediato en una penumbra sin el menor interés a tiempo que Samuel Pickwick y Sam Weller, Jingle y Winkle, Snodgrass y Tupman, Arabella Allen y Bob Sawyer irrumpían en mi presente con una alegría y un deslumbramiento que más de un siglo de vida no ha podido empañar. Miro distraídamente tres líneas arriba y releo mi enumeración de varios personajes masculinos y de una sola mujer, enumeración reveladora porque así me llegaron a los doce años cuando entre la nutrida cohorte de los pickwickianos y sus amigos la imagen apenas esbozada de Arabella Allen me enamoró profundamente y asumió una importancia que como acabo de verificarlo en estos días no merece en absoluto. Interesante desde luego como verificación de las diferentes lecturas de un texto y de los muchos lectores que se suceden en un mismo lector ¿Cómo vería yo a lady Rowena si volviera a recorrer las páginas de Ivanhoe, a Cosette si me animara a meterle ojo a Los Miserables?

Cuando fui capaz de leer en inglés busque Pickwick inmediatamente después de los cuentos de Edgar Allan Poe. Sentía como una deuda moral, una necesidad de conocer cara a cara lo que sólo se me había dado desde un espejo no siempre bien azogado. Comprendí entonces los problemas prácticamente insolubles que planteaba la traducción de un lenguaje como el de los Weller padre e hijo y de los espasmódicos discursos de Alfred Jingle, entre millares de otras dificultades. Pero a la vez me di cuenta de que la enorme y constante ebullición vital que emana de los personajes dickensianos era capaz de saltar cualquier barrera idiomática y llegar al lector con una fuerza apenas disminuida.

Confieso que me cuesta hablar de literatura con amigos que no leen el inglés porque me abruma lo que han perdido en ese ámbito de las letras, por suerte Pickwick es una de las excepciones más consoladoras así como en el otro extremo Alice in Wonderland sigue desafiando con su suave insolencia a los traductores más avezados.

Casi da miedo pensar que Pickwick pudo ser un fracaso pues las condiciones en que fue imaginado y escrito distaban de ser favorables. El autor, que sólo tenía veinticuatro años y muy poca experiencia literaria, aceptó el peligroso desafío de iniciar un libro de aventuras cómicas para el que un célebre ilustrador de la época había preparado ya una serie de grabados en los que aparecían personajes que Dickens debería hacer vivir en la palabra; por si fuera poco era preciso entregar una cuota fija de capítulos para su publicación en forma de fascículos como se estilaba en la época.

Contra estas circunstancias que eran otros tantos chalecos de fuerza, Pickwick nació como si Dickens hubiera tenido todo el tiempo y la veteranía necesarios para hacer lo que le daba la gana y la irresistible fuerza de su invención y su humor dominó el terreno desde el principio; a las pocas páginas el autor era el único dueño de la situación y la alegría de su libertad se tradujo en un torrente de personajes entregados a las aventuras más extravagantes. Si algo fascina al lector desde el comienzo es que también él se ve convertido de inmediato en un miembro del club Pickwick y su lectura es una constante y agitada participación visual y auditiva en los acontecimientos.

Contrariamente a la mediatización tan frecuente en las novelas del siglo XIX en las que cuidadosos preámbulos y minuciosas descripciones parecen decirnos “no olvide que yo soy el autor y usted el lector”, Pickwick nos lanza casi de inmediato a las calles de Londres y sin explicaciones paternalistas nos invita a subir al mismo coche en el que está trepando Samuel Pickwick para regocijarnos de entrada con el diálogo entre el pasajero y el cochero a propósito del caballo. Este ritmo sólo se romperá de cuando en cuando por la intercalación de relatos independientes casi siempre dramáticos o trágicos pero precisamente por eso la reanudación de las aventuras pickwickianas se vuelve aún más dinámica. Dickens fue siempre un maestro en el arte de ritmar sus novelas como un músico gradúa y alterna los ritmos de una sonata para exaltarnos por contraposición. Sin duda esta rápida entrada en materia, esta invitación tácita a mirar lo que pasa en el escenario como si estuviéramos en él y no en la platea tradicional del lector es lo que hace de Pickwick un favorito de la infancia y la adolescencia. A esta participación nada ceremonial se suman otros encantos; paradójicamente, la obligación peligrosa de entregar un capítulo tras otro al editor le da a Pickwick un desarrollo temporal muy parecido al de la infancia poco atenta a un futuro que no forma parte de sus preocupaciones y sólo interesada en que el presente se despliegue en toda su riqueza y variedad. En ese sentido el joven lector y el ya anciano Pickwick son una misma persona pues ambos viven un ahora permanente, por eso el final de cada aventura tragicómica es como el cierre de un día y el preludio del siguiente sin la menor responsabilidad ni cuidado por todo aquello que tanto pesa en la conciencia del pasado y del futuro de un adulto normal.

La crítica ha querido ver en Samuel Pickwick y su criado Samuel Weller una versión -quizá una derogación- de don Quijote y Sancho Panza. Como el hidalgo manchego, Pickwick tiende a lanzarse a aventuras perfetamente descabelladas como su escudero Samuel Weller hace lo que puede por traerlo del lado del sentido común ¿Por qué no si esos acercamientos y similitudes son uno de los grandes encantos de la literatura? Incluso se ha hecho notar cómo Pickwick, al igual que Alonso Quijano, comienza como un extravagante inofensivo para terminar iluminado por una madurez y una sapiencia que reflejan casi míticamente el itinerario iniciático y el arribo a la cima de toda vida humana bien vivida. Pero desde luego las semejanzas no van más allá de las grandes líneas generales en las que también podríamos hacer entrar a otros personajes análogos como Parsifal o Frodo. Y además, franqueza obliga, las aventuras de Pickwick que más se fijan en nuestra memoria agradecida son aquellas en las que el amable caballero brilla por su tontería, su ingenuidad y su buena fe, así como ciertos molinos de viento giran incansablemente en nuestro recuerdo que en cambio guarda muy poco de los sabios discursos del caballero de la Triste Figura al término de su vida. Somos lo que somos: si el Pickwick del final aparece como más noble y más digno, el que vivirá más en nuestra memoria es aquél que después de franquear insensatamente los muros de un pudoroso pensionado de jovencitas se ve enredado en una situación tan equívoca como hilarante, es aquel que se ingeniará para quedar entre dos regimientos de caballería en maniobras que se aprestan a lanzarse a rienda suelta el uno contra el otro. En el fondo la verdadera razón de la persistencia de Pickwick está en que nos devuelve a la alegre inocencia de la infancia sin ética y sin maldad al mismo tiempo Y el deseo periódico de releerlo viene, creo, del inconsciente deseo de beber en él como en la fuente de Juvencia; lo que esperamos y deseamos es el absurdo delicioso de tantas aventuras pueriles en un mundo de adultos, su final no es más que el resignado reencuentro con nosotros mismos y cerrar el libro vale como el gesto melancólico de ponernos una vez más la corbata antes de volver a nuestro trabajo cotidiano.

JULIO CORTÁZAR: LOS REYES. OTRA VERSIÓN DEL MINOTAURO

LOS REYES (1949) es un breve poema dramático-mitológico, que propone una nueva variante del tema del minotauro, como Jorge Luis Borges hiciera en su relato “La casa de Asterión”. (ver entrada de 4 de octubre de 2007, “El juego de Borges” en este mismo blog: https://vmontoli.wordpress.com/2007/10/04/el-juego-de-borges/)

Dice Cortázar:

“La idea nació en un “colectivo”. Yo vivía en el extrarradio y, un día, volviendo a mi casa, en un viaje en que te aburres, sentí la presencia de algo que resultó ser pura mitología griega. Le doy la razón a Jung y a su teoría de los arquetipos: todo está en nosotros. Hay una especie de memoria de los antepasados y, por ahí, anda un archibisabuelo tuyo que vivió en Creta, 4000 mil años antes de Cristo y, a través de los genes y cromosomas, te manda algo que corresponde a su tiempo y no al tuyo, y tú, sin darte cuenta, escribes un cuento o una novela y en realidad estás transmitiendo un mensaje muy antiguo y muy arcaico. No sé encontrar otra explicación, aparte de que es una obra muy bonita. Yo no tenía entonces preocupaciones mitológicas, ni mucho menos. Me interesó siempre mucho la literatura griega y la mitología, pero no hasta el punto de identificarme así. En el “colectivo”, que no tenía nada de griego, de repente surgió la noción del laberinto, del mito de Teseo y del minotauro. Pero sucede que yo lo vi al revés, y eso es lo que me interesó. Cuando llegué a mi casa, comencé a escribir y en un par o tres de días, lo concluí. Existe la visión oficial del mito: Teseo es el héroe que entra en el laberinto, guiado por el hilo de Ariadna para poder volver a salir. Teseo busca a ese monstruo espantoso que es el minotauro, ese monstruo que devora a jóvenes rehenes y lo mata. Después sale como el gran héroe. Yo vi la historia totalmente al revés. Yo vi en el minotauro al poeta, al hombre libre, al hombre diferente al que la sociedad, el sistema encierra inmediatamente. A veces los mete en clínicas psiquiátricas y, a veces, los mete en laberintos. En ese caso era un laberinto. Teseo, en cambio, es el perfecto defensor del orden. Entra en el laberinto para hacerle el juego a Minos, al rey, es un poco el gangster del rey que va allí a matar al poeta. Y, efectivamente, en mi poema, cuando tú conoces el secreto del minotauro, descubres que el minotauro no se ha comido a nadie. El minotauro es un ser inocente que vive con sus rehenes, que juega y danza con ellos. Juntos, son felices en el laberinto. Teseo, que tiene los procedimientos de un perfecto fascista, se introduce en ese mundo que no entiende y mata sin más al minotauro. Esta inversión del tema, era una cosa un poco heterodoxa y causó un cierto escándalo en medios académicos, pero a mí, me divirtió escribirla. Aunque incluso el lenguaje, parece que viene de alguien que no soy yo. Los reyes está escrito en un lenguaje muy suntuoso, muy lleno de palabras que cantan y bailan, pero estoy contento de haber escrito esta obra.”

Link a “Los reyes”:

http://www.librosgratisweb.com/pdf/cortazar-julio/los-reyes.pdf

http://www.kronhela.com.ar/jc/JulioCortazar-Losreyes.pdf

En palabras de José Gordón, la voz de “Imaginantes”:

Un fragmento del programa “Clash of Gods”, de History Channel, sobre el mito del minotauro:

http://www.history.com/shows/clash-of-the-gods/videos/origins-of-the-minotaur

IMAGINANTES: CORTÁZAR Y RAYUELA, ENCUENTRO CON EL AZAR