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THE PICKWICK PAPERS

Así empieza la versión de la novela de Dickens en dibujos animados realizada en el año 1985. Podéis ver el resto en youtube.

DICKENS CUMPLE 200 AÑOS

Como me recuerdan Elena, un comentarista anónimo y fantasmal (thank you, ChD) y también el programa concurso de TVE2 “Saber y ganar”, y hasta en su día la cabecera de google, el pasado martes 7 de febrero se cumplió el aniversario del nacimiento de Charles Dickens, de cuya primera novela toma el título este blog. Evidentemente, la efemérides no ha pasado desapercibida para quien escribe y prometo un artículo conmemorativo para cuando tenga el tiempo que se merece. De momento un breve y sentido homenaje incondicional al más cervantino de los novelistas inglesas, luchador por la igualdad social y sensible cirujano de los males de la sociedad victoriana…

Ver aquí una magnífica BIOGRAFÍA. Se trata de la entrada de la enciclopedia británica y unos enlaces donde se puede acceder a fragmentos de un estupendo video biográfico (sorry but it’s not free):  sobre su “dickensiana” infancia, sus exitosas giras haciendo lecturas dramatizadas de sus novelas, su práctica de escritor por entregas aprovechando la difusión masiva de la prensa (lo que se conoce como “folletín” con las técnicas narrativas que implica que hoy en día usan las telenovelas).

He aquí un simpático video biográfico hecho con dibujos animados:

Y el programa del concurso “Saber y ganar”, dedicado a “Los papeles póstumos del Club Pickwick” (9-2-2012, a partir del minuto 13), con los siguientes temas y preguntas:  “Un éxito por entregas” (¿Quién es Sam Weller?);  “Los socios del club” (¿De qué alardea Winkle?); “Un lamentable malentendido” (¿Qué hace la señora Bardell después de este episodio?, cuando cree equivocadamente que Pickwick se le ha declarado), y “Tunante y embaucador (¿A quiénes encerraban los jueces londinenses en la prisión de Fleet?).

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JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick. 2ª parte (con una carta)

Mirándolo con seriedad, Pickwick condensa, como todos los libros de Charles Dickens y de sus contemporáneos, la moral considerablemente estrecha de su tiempo. El recato, el pudor, la ausencia de fisiología y de sexualidad, las buenas costumbres y los valores burgueses condicionan rigurosamente las conductas y los discursos de los personajes, incluso de los malvados que terminan casi siempre arrepintiéndose o son castigados como corresponde, con la sorprendente y casi gratificante excepción de Dodson y Fogg, los abogados por cuya culpa el señor Pickwick conocerá la prisión por deudas y el sufrimiento. Una parte de la crítica moderna ha insisitido en denunciar este universo novelesco convencional que poco corresponde en realidad a las conductas y valores privados de los ingleses y de Dickens en persona a principios de la era victoriana. Sin embargo, este tipo de crítica, que de alguna manera consiste en pedirle peras al olmo de la literatura, siempre me ha parecido inconsistente. Lo que considera hipocresía es en el fondo un hábil acuerdo tácito y táctico entre autor y lector en el que ninguno de los dos se engaña ni es engañado; la hipocresía es sólo relativa puesto que deja abiertas las entrelíneas de la literatura para aquellos que sepan leer. En el terreno de los sentimientos amorosos, por ejemplo, Dickens aplica todas las convenciones de su tiempo -como nosotros las del nuestro, dicho sea de paso-. Así las jovencitas se sonrojan apenas un caballero las mira y proceden a desmayarse tan pronto escuchan una alusión matrimonial; calidad de lenguaje aparte, los púdicos galanteos de alguien tan refinado como Snodgrass o Winkle no se diferencian en nada de los de un individuo tan rústico y directo como Samuel Weller. Madres, esposos, hijos y tías cumplen estrictamente el papel que la sociedad espera de ellos. Y sin embargo, el pacto secreto está muy claro entre el autor y el lector y no es necesario que busquemos demasiado lo que los contemporáneos de Dickens entendían perfectamente. La mejor prueba la da el mismo Pickwick, cuya edad y condición social lo colocan al margen de toda preocupación galante, pero que en varias ocasiones (al lector le encantará verificarlo durante la lectura) aprovecha circunstancias favorables para mirar de una manera muy especial a alguna tímida doncella o besar con más intensidad de la necesaria a una joven desposada. Se ha dicho asimismo que la fidelidad de Samuel Weller hacia su amo, que lo lleva a posponer su matrimonio para cuidar de él, refleja demasiado la visión de la clase dominante sobre su servidumbre. ¿Por qué en ese caso conozco yo a más de una persona que en pleno siglo veinte ha preferido renunciar a su vida personal por los mismos motivos? Si Dickens mira oficialmente el mundo con una mirada de señor, otro Dickens lleno de humor e ironía pone en sus personajes más sencillos una notable capacidad de crítica; basta escuchar lo que el mismo Sam Weller dice más de una vez sobre Winkle, e incluso sobre su propio amo, a quien tiene que proteger contra su irrevocable tendencia a la tontería. Lo convencional no es tan hipócrita en Pickwick, y si hoy nos duele una visión social en la que ricos y pobres parecen destinados a serlo eternamente por un decreto divino, ¿cómo no admirar que Dickens dedique más de un centenar de páginas a describir, con detalles de un realismo digno de un Oliver Twist o de un David Copperfield, el infierno de la prisión por deudas que innumerables veces denunciará como una de las peores lacras del sistema social de su tiempo?

En su clásica historia de la literatura inglesa, George Sampson dice de Pickwick que “su vasto y vigoroso mundo con sus trescientos personajes y sus veintidós posadas creado por un joven de veinticuatro años es uno de los milagros del arte literario”. ¡Vaya si es cierto!Y cuánto humor dickensiano tiene esa caracterización global a base de un recuento de figuras y de albergues. Por cosas así Pickwick nos incorpora a su territorio de la misma manera que lo hace la vida rodeándonos de una infinidad de contactos personales en los más diversos lugares imaginables y también como la vida se esfuma en un sentido mientras se ahínca en otro en ese extraño teatro de la memoria que archiva determinadas imágenes mientras abandona las demás al olvido. Apenas pasamos dos o tres páginas sin que aparezcan nuevos personajes que además proceden casi de inmediato a trepar a coches y diligencias para trasladarse de un lugar a otro y conocer, junto con nosotros, a nuevos amigos o adversarios. Un diluvio de abogados, policías, cocheros, políticos, jueces, propietarios rurales dotados de abundante familia, carceleros, truhanes, criados y viejísimas aunque majestuosas abuelas y tías entran y salen de la escena con una misma truculenta animación desbordante, como si el mero paso del señor Pickwick y sus tres amigos provocara un casi instantáneo pandemonio. Y sin embargo, puesto que el mundo de Dickens es aquí la vida misma, no tardamos en elegir a nuestros amigos o adversarios personales mientras el resto entra muy pronto en la penumbra. Cada lector tendrá como siempre sus favoritos y en mi caso he dudado entre las dos maravillosas figuras de Samuel Weller padre e hijo para finalmente escoger otra de la que hablaré después. El genio dickensiano logra con los Weller un milagro de presencia física y espiritual que no creo tenga ningún otro personaje del libro aunque enfrenten rivales tan peligrosos y admirables como Alfred Jingle, Bob Sawyer y José, el muchacho gordo, extraña y casi misteriosa criatura esta última que nos hace reír a la vez que nos inquieta. Pero además hay que pensar en las veintidós posadas de que habla Sampson, porque otro de los milagros del libro es la fuerza y la intensidad de los lugares y los escenarios, algo así como super personajes silenciosos envolviendo la locuacidad de los otros. Cada albergue, cada casa de campo, cada celda de la prisión por deudas, alcanza inmediatemente una presencia para lo cual Dickens no necesitó dar demasiados detalles. Su rápida precisa y diferente visión de los salones de cualquier posada, de los patios del relevo de las diligencias, de la finca de los Wardle o del estudio de los abogados Dodson y Fogg hace pensar en los grabados de Daumier o de Hogarth esbozando ambientes parecidos.

Para lograrlo, Dickens integra casi simultáneamente la vida en cada escenario como en esas piezas de teatro en las que al alzarse el telón hay ya personajes en pleno movimiento. Los lugares asumen así una personalidad especial, una atmósfera que no tiene nada del decorado frecuente en las novelas de la época con sus amos y criados, sus viajeros rodeando el fuego del salón o bebiendo junto a la chimenea de los albergues, sus parejas enamoradas en los bailes y las glorietas, sus excursionistas saliendo a cazar o a batirse en duelo, sus hoteleros, sus abogados y sus gendarmes, cada lugar está vivo y habitado como la sala o el café donde ahora estamos leyendo el libro y es por eso que con tanta facilidad pasamos imaginariamente de los unos a los otros.

Cada vez que a lo largo de la vida empecé a sentir la necesidad de releer Pickwick, me interrogué sobre cuál de los personajes me estaba llamando con más fuerza a esa nueva cita. La respuesta fue instantánea: Jingle. Curiosamente, Jingle está lejos de llenar páginas con la misma abundancia que los Weller o la pequeña familia pickwickiana. Entra impetuosamente en el segundo capítulo, reaparece un par de veces y sólo hacia el final su espectro -pues poco queda ya del verdadero Jingle- surge ante Pickwick mientras este explora el melancólico infierno de la prisión por deudas. Pero así como en mi infancia me atrajo amorosamente la figura más que diluida de Arabella Allen, la encantadora desvergüenza de Jingle debió marcarme para siempre (mal ejemplo, hubiera dicho mi tía de saberlo) y es a su conjuro que siempre he vuelto a abrir el libro y a esperar impacientemente el momento en que se precipita en plena refriega y salva a Pickwick y a sus amigos de la paliza que se disponen a darles los cocheros enfurecidos. Se me ocurre también que quiero a Jingle porque nos da la única referencia a España en un libro tan irremediablemente británico y que eso pudo ser otro motivo de fascinación en mi primera lectura. Después de sostener que las mujeres españolas son más bellas que las inglesas, afirma que conquistó a miles de ellas superando como se ve el famoso record de “mil y tres” del Don Juan de Mozart, tras de lo cual pasa a narrar su idilio con doña Cristina y el drama provocado por la intransigencia de su padre, un grande de España que responde al increíble nombre de don Belaro Fizzgig. Con cosas así era fácil que Jingle no solamente embaucara a los inocentes pickwickianos, sino a los lectores como yo jugando la carta de la imaginación pura frente a los que tienden a no ver más allá de sus narices.

En Pickwick sólo un personaje podía hacer frente a Jingle e incluso vencerlo en el terreno de lo imaginario, pero curiosamente Dickens impidió ese combate mental entre Samuel Weller y su digno rival. Esto lleva a pensar cómo la fuerza y la presencia vital de los personajes invitan a cualquier lector a concebir encuentros y combinaciones que no figuran en el libro. Bob Sawyer, por ejemplo, es otro que hubiera provocado admirables enredos si en vez de ser desplazado inmerecidamente por Winkle en el corazón de Arabella Allen (también me desplazó a mí, dicho sea de paso), el novelista lo hubiese metido impetuosamente en cualquiera de las innumerables situaciones en las que medio mundo salía más tonto o más incorregible que antes.

¿Qué decir sobre Sam Weller que él no haya dicho mejor? A su manera indirecta y metafórica, de todos los personajes de Pickwick es el que más se refiere a sí mismo, no por pura vanidad, sino por riqueza interior, fantasía desbordante y esa joie de vivre que nos lo vuelve irresistible. Claro que cuando se conoce a su padre se da uno cuenta de donde le vienen esas cualidades; en la inmensa farándula de personajes a cuál más exuberante, los Weller padre e hijo sobrepasan a todos porque nadie es capaz de mayor naturalidad en la truculencia, de mayor fuerza en la expresión de los sentimientos y las conductas. Pickwick no hubiera llegado muy lejos en sus aventuras sin el providencial ingreso de Sam en su vida, mientras que éste hubiera encontrado su camino en cualquier circunstancia sin perder su manera de ser y su libertad profunda. Precisamente ahí está su grandeza, porque cuando renuncia a la independencia para dedicarse a cuidar a su amo envejecido y ya un poco chocho (que no nos oiga ninguno de los dos), Sam nos da la mejor lección de libertad personal imaginable. Se queda porque le da la gana, como dijo el viejo cuando le preguntaron cómo era que le faltaban todos los dientes menos uno; es el tipo de respuesta que Sam hubiera dado a cualquier preguntón, aunque con mucha más gracia.

Se habrá visto que estas impresiones más subjetivas que críticas se fundan en una temprana lectura de Pickwick que las condiciona con una fuerza a la que no puedo ni quiero resistir. Por eso me resulta difícil imaginar la relación de un lector adulto en años y en lecturas y nada me extrañaría que sea muy diferente de la mía. A esta altura de la historia contemporánea todos nos sentimos como el Viejo Marinero de Coleridge, más tristes y más sapientes, y libros como Pickwick, Los tres mosqueteros o Huckleberry Finn, pueden tropezar hoy con la impaciencia y hasta el desdén. Me parece triste que tanto la crítica como el lector tiendan muchas veces -sin darse clara cuenta- a jerarquizar la literatura a base de parámetros exclusivamente modernos y a establecer sus opciones por motivos que en el fondo tocan más a la ética que a la estética. Como ejemplo deliberadamente exagerado, nadie duda de que un Dostoievski nos propone un mundo harto más complejo y trascendental que un Dickens, pero el error empieza cuando una lectura de Dickens puede malograrse total o parcialemente por el peso que ejerza en la memoria cultural la lectura del novelista ruso. Es un hecho que la búsqueda de verdad y de profundidad en la novela moderna parece alejarnos cada vez más del puro placer narrativo; casi nada se cuenta hoy por el encanto de contarlo, pero tal vez por eso cuando en nuestros días surge nuevamente un gran narrador hay como un inconsciente reconocimiento agradecido de ese arte esencialmente hedónico y libros como Cien años de soledad encuentran millones de lectores apasionados exactamente como los encontraron Charles Dickens y Alejandro Dumas en su tiempo.

Voluntaria o no, esa admisión por parte del lector moderno me parece no sólo saludable, sino prueba de que la balanza literaria actual está excesivamente desequilibrada. ¿Cuántas veces me habrán reprochado que en vez de insisitir en los aspectos más dramáticos de mi mundo novelesco me haya dejado llevar por la alegría y el desenfado? Nunca me he sentido culpable de hacerlo porque Dimitri Karamazov no puede matar en mí a Samuel Pickwick, de la misma manera que Pickwick no podrá hacerme olvidar jamásla presencia apocalíptica de los Karamazov en nuestra vida y nuestra historia.

Simplemente me gustaría contribuir a una especie de liberación moral de esos lectores que creen de su responsabilidad consagrarse a la literatura profunda, rellénese esta palabra como se prefiera. Apunto a una dialéctica de la lectura que debería ser también una dialéctica de vida, una pulsación más isócrona de la búsqueda y el gusto del conocimiento y el placer mejor ajustada a todo eso que tenemos tan al alcance de la mano que casi no lo vemos: el gran latido cósmico, el diástole y el sístole del día y de la noche, del flujo y el reflujo del océano.

Querido señor Picwick:

¿Qué hubiera pensado usted de lo que acabo de escribir? ¿Su proverbial cultura y su gran cortesía no se hubieran opuesto a recibir estas páginas de mi mano como tantas veces y en tantas posadas o salones recibió manuscritos que luego leyó a la luz de un candil, después de haberse puesto su camisón y su gorro de dormir? Incluso le diría, para  facilitarle la tarea en caso necesario, que su generosidad en esa materia no siempre se vio recompensada con una buena lectura, pues los relatos intercalados en los distintos momentos de sus viajes están casi siempre por debajo de todo lo que usted y sus amigos me han dado a lo largo de sus admirables aventuras (con la excepción del Manuscrito de un loco,que debió influir nada menos que en Edgar Allan Poe). Por eso si el sueño le llega antes de la última palabra, ni usted ni yo nos preocuparemos demasiado; sabido es que la buena literatura no le está dada a todo el mundo. Quiero creer, con un optimismo que muchos amigos me reprochan, que algunas de las cosas que he dicho merecerán su aprobación. Usted es todavía más optimista que yo al punto que también sus amigos han debido reprochárselo y pienso que en el fondo lo que buscan decirnos es que somos tontos. Pero a mí no me pareció nunca una tontería que usted dicidiera servir a los altos intereses culturales del club Pickwick lanzándose a los perceptibles riesgos que entrañaban los coches y sus cocheros, las posadas (donde nunca estaba excluida la horrible posibilidad de meterse por error en la habitación de una señora sola) y el encuentro con personas que, como tantas veces ocurre, eran truhanes bajo la apariencia de caballeros o abogados. Su perfecta autodefinición, la de observador de la naturaleza humana, no solamente le valió al club Pickwick uno de los más ricos archivos en la materia, sino que millones de seres humanos de todos los países del mundo han mirado junto con usted y gracias a usted esa comedia humana cómica que sigue bullendo infatigable en nuestra memoria.

Como todos los personajes de los grandes libros, usted tiene el don milagroso de atravesar el tiempo y estar presente entre nosotros; lo que cada lector piensa de usted traduce de alguna manera lo que usted hubiera pensado de él. Quienes lo encuentran absurdo e inconsistente se desnudan ante usted como carentes por competo de humor y de generosidad vital; los que lo estudian lupa en mano para ahondar en sus circunstancias históricas o sociológicas, hubieran sido inmediatamente designados miembros correspondientes del club Pickwick. Por mi parte, yo lo veo como un alto ejemplo de humanidad, en el sentido de quien reduce lo más posible su natural egoísmo para entregarse a la contemplación multiforme y generosa de sus semejantes; y si muchos de los más grandes autores literarios son grandes precisamente por esa capacidad de abrazar una realidad en toda su riqueza, pocos de sus personajes lo son.

En ese plano, en cambio, no hay ninguna diferencia entre Dickens y usted y se diría que al lanzarlo al gran escenario de la letra impresa su autor estaba ya proclamando lo que después daría la infinita riqueza de sus novelas mayores; usted anuncia David Copperfield y Oliver Twist, muestra alegre e inocentemente el camino de Grandes esperanzas y de Dombey e hijo.

Por cosas así quisiera decirle que usted ha sido uno de mis mejores maestros imaginarios y que, en esa época en que las normas sociales buscaban hacer de mí un ente satisfactoriamente racional y utilitario para mayor provecho del orden estatuido y los principios vigentes, usted entró en la gran sala de clase de mi vida tropezándose contra una pared, equivocándose de puerta, tomando gato por liebre y ocasionando las peores confusiones para usted mismo diversas señoras y la gran mayoría de sus amigos y admiradores. Sin esperar más salí en su seguimiento y no he cesado de hacerlo desde entonces porque usted, para quien la poesía no parece existir, me la mostró con su conducta; usted, la seriedad personificada, me introdujo para siempre en el mundo del humor; usted, que nada tiene de soñador puesto que es una mente científica capaz de descubrir misteriosas piedras con jeroglíficos y otros enigmas científicos, me mostró el camino de la luna y el encanto de ir de un lugar a otro sin la menor finalidad razonable.

Por todo eso, querido señor Pickwick, le estoy dando hoy las gracias.

JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick (1ª parte)

Siempre sospeché que Julio Cortázar y sus cronopios eran muy pickwinianos, pero aquí he encontrado la prueba: el prólogo de Cortázar a la traducción española de Los papeles del club Pickwick de Charles Dickens.

JULIO CORTAZAR: Reencuentros con Samuel Pickwick.

 Un humorista cuyo nombre se me olvida, por razones que acaso Freud conoce, dijo que un prólogo es algo que se escribe después se pone antes y no se lee ni antes ni después.

A riesgo de correr tan amarga suerte, me abandono al placer de una presentación que sé esencialmente inútil frente a una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido, cualidades cada día más necesarias pero que una parte capital de la literatura contemporánea deja de lado por razones no menos capitales

Si el humor es esa ilógica y admirable capacidad humana de hacer frente a la sombra con la luz no para negarla sino para asumirla y a la vez mostrarle que no nos dejaremos envolver por ella. Los papeles póstumos del Club Pickwick valen como uno de esos raros reductos donde el humor se concentra hasta lograr una máxima tensión y una jubilosa eficacia. Traducido a todas las lenguas imaginables forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo en ese sedimento de la infancia y la adolescencia que los críticos suelen dejar de lado para ocuparse de influencias y corrientes más grávidas. Como los personajes de Mark Twain y Lewis Carroll, las imágenes y las aventuras de Samuel Pickwick y sus amigos son el trasfondo inicial de muchas vocaciones literarias valen como intercesores entre la áspera vida que espera en el umbral de la adolescencia y la certeza interior de que el reino de lo imaginario no se detiene ahí y puede seguir llenando de gracia y de ternura nuestro paso por las cosas y los años.

Por  todo eso quisiera mostrar a una generación más joven que la mía por qué y cómo siento a Pickwick tan cerca de mí lo más probable es que mi especial relación con su mundo se haya dado o se dará en casi todos sus lectores y por eso no vacilo en entrar en lo autobiográfico allí donde resulta imposible hablar de una obra literaria sin esa, temprana participación personal que domina en la infancia y en la primera juventud cuando leer es vivir los sueños ajenos con la misma fuerza y la misma fascinación que los sueños propios.

No escribo esto como crítico sino como un fiel enamorado participante del mundo pickwickiano, como alguien que a lo largo de su vida ha tornado y retornado a esas páginas que tienen la misma magia de tantas ciudades o paisajes a los que se regresa por nostalgia, por un irresistible llamado a volver a ver a volver a ser eso que se fue en otro tiempo y otra edad.

Quienes me conocen no se extrañarán de que el azar haya tenido alguna intervención en lo que estoy escribiendo. Hace unos meses entré en esa recurrente nostalgia de Pickwick que me asalta cada tantos años pero no tenía tiempo para leerlo con calma y dejé irse los días sin decidirme a empezar algo que sería interrumpido a cada momento. Justamente entonces vi en una librería una nueva edición anotada que no conocía y comprendí que el signo estaba dado y que la hora había sonado. Lo que sonó además fue el teléfono casi al día siguiente con una invitación de los amigos del Círculo de Lectores para que les prologara esta nueva edición española. Como tantas veces en mi vida la casualidad se volvió causalidad y aquí está el efecto. Mi relectura de Pickwick (y van…) se hizo dentro de condiciones privilegiadas pues además de seguir el texto en una edición que tiene el encanto adicional de explicaciones y aclaraciones a veces necesarias y siempre divertidas lo leí con una participación más profunda que nunca ahora que debía precederlo con estas páginas en su versión española Y la próxima vez -ojalá el tiempo me alcance todavía, ojalá una vez más pueda yo entrar con los alegres caballeros pickwickianos en cualquiera de las posadas donde esperan la risa el ron y las chisporroteantes chimeneas donde todo puede suceder y todo va a volverse cuento, sueño y bien ganado fin de capítulo.

Apenas abrí el libro fue el vertiginoso salto atrás de siempre, mi regreso a la primera lectura de Pickwick en español en una época que ya no alcanzo a situar. Pienso que debía tener once o doce años cuando me cayó en las manos la edición de Sáenz de Jubera que desgraciadamente se quedó en alguna biblioteca de Bánfield o de Buenos Aires ya para siempre fuera de mi alcance. En esa colección de gran formato y textos a doble columna con horrendas tapas ilustradas a todo color figuraba la mayoría de los autores que devoré en esos años y cuyos méritos variaban vertiginosamente aunque mi hambre de lectura no estableciera mayores diferencias entre Victor Hugo y Eugenio Sue o entre Walter Scott y Xavier de Montepin. Si aun tuviera a mano ese Pickwick podría dar detalles sobre la traducción que supongo tan desenvuelta e inescrupulosa como muchas otras en la misma serie. Si por ejemplo Dostoievski producía la penetrante impresión de haber pasado del ruso al francés y de ahí a Sáenz de Jubera con las consecuencias imaginables, la novela de Dickens había sufrido interesantes transformaciones empezando por la supresión del primer capítulo que el traductor debió estimar poco divertido y siguiendo por el título que se metamorfoseó en Aventuras de Pickwick.

En esa época vi cosas todavía peores, por ejemplo una traducción de Mark Twain que se llamaba jacarandosamente Las aventuras de Masín Sawyer. Si traducir es en cierto sentido recrear, aquello era una recreación en el sentido más jocoso de la palabra.

¿Pero qué importaba? Doce años por un lado y por el otro el genio de un escritor capaz de atravesar todas las barreras idiomáticas: el encuentro fue tan fulminante como maravilloso y el mundo de mi familia y mis amigos entró de inmediato en una penumbra sin el menor interés a tiempo que Samuel Pickwick y Sam Weller, Jingle y Winkle, Snodgrass y Tupman, Arabella Allen y Bob Sawyer irrumpían en mi presente con una alegría y un deslumbramiento que más de un siglo de vida no ha podido empañar. Miro distraídamente tres líneas arriba y releo mi enumeración de varios personajes masculinos y de una sola mujer, enumeración reveladora porque así me llegaron a los doce años cuando entre la nutrida cohorte de los pickwickianos y sus amigos la imagen apenas esbozada de Arabella Allen me enamoró profundamente y asumió una importancia que como acabo de verificarlo en estos días no merece en absoluto. Interesante desde luego como verificación de las diferentes lecturas de un texto y de los muchos lectores que se suceden en un mismo lector ¿Cómo vería yo a lady Rowena si volviera a recorrer las páginas de Ivanhoe, a Cosette si me animara a meterle ojo a Los Miserables?

Cuando fui capaz de leer en inglés busque Pickwick inmediatamente después de los cuentos de Edgar Allan Poe. Sentía como una deuda moral, una necesidad de conocer cara a cara lo que sólo se me había dado desde un espejo no siempre bien azogado. Comprendí entonces los problemas prácticamente insolubles que planteaba la traducción de un lenguaje como el de los Weller padre e hijo y de los espasmódicos discursos de Alfred Jingle, entre millares de otras dificultades. Pero a la vez me di cuenta de que la enorme y constante ebullición vital que emana de los personajes dickensianos era capaz de saltar cualquier barrera idiomática y llegar al lector con una fuerza apenas disminuida.

Confieso que me cuesta hablar de literatura con amigos que no leen el inglés porque me abruma lo que han perdido en ese ámbito de las letras, por suerte Pickwick es una de las excepciones más consoladoras así como en el otro extremo Alice in Wonderland sigue desafiando con su suave insolencia a los traductores más avezados.

Casi da miedo pensar que Pickwick pudo ser un fracaso pues las condiciones en que fue imaginado y escrito distaban de ser favorables. El autor, que sólo tenía veinticuatro años y muy poca experiencia literaria, aceptó el peligroso desafío de iniciar un libro de aventuras cómicas para el que un célebre ilustrador de la época había preparado ya una serie de grabados en los que aparecían personajes que Dickens debería hacer vivir en la palabra; por si fuera poco era preciso entregar una cuota fija de capítulos para su publicación en forma de fascículos como se estilaba en la época.

Contra estas circunstancias que eran otros tantos chalecos de fuerza, Pickwick nació como si Dickens hubiera tenido todo el tiempo y la veteranía necesarios para hacer lo que le daba la gana y la irresistible fuerza de su invención y su humor dominó el terreno desde el principio; a las pocas páginas el autor era el único dueño de la situación y la alegría de su libertad se tradujo en un torrente de personajes entregados a las aventuras más extravagantes. Si algo fascina al lector desde el comienzo es que también él se ve convertido de inmediato en un miembro del club Pickwick y su lectura es una constante y agitada participación visual y auditiva en los acontecimientos.

Contrariamente a la mediatización tan frecuente en las novelas del siglo XIX en las que cuidadosos preámbulos y minuciosas descripciones parecen decirnos “no olvide que yo soy el autor y usted el lector”, Pickwick nos lanza casi de inmediato a las calles de Londres y sin explicaciones paternalistas nos invita a subir al mismo coche en el que está trepando Samuel Pickwick para regocijarnos de entrada con el diálogo entre el pasajero y el cochero a propósito del caballo. Este ritmo sólo se romperá de cuando en cuando por la intercalación de relatos independientes casi siempre dramáticos o trágicos pero precisamente por eso la reanudación de las aventuras pickwickianas se vuelve aún más dinámica. Dickens fue siempre un maestro en el arte de ritmar sus novelas como un músico gradúa y alterna los ritmos de una sonata para exaltarnos por contraposición. Sin duda esta rápida entrada en materia, esta invitación tácita a mirar lo que pasa en el escenario como si estuviéramos en él y no en la platea tradicional del lector es lo que hace de Pickwick un favorito de la infancia y la adolescencia. A esta participación nada ceremonial se suman otros encantos; paradójicamente, la obligación peligrosa de entregar un capítulo tras otro al editor le da a Pickwick un desarrollo temporal muy parecido al de la infancia poco atenta a un futuro que no forma parte de sus preocupaciones y sólo interesada en que el presente se despliegue en toda su riqueza y variedad. En ese sentido el joven lector y el ya anciano Pickwick son una misma persona pues ambos viven un ahora permanente, por eso el final de cada aventura tragicómica es como el cierre de un día y el preludio del siguiente sin la menor responsabilidad ni cuidado por todo aquello que tanto pesa en la conciencia del pasado y del futuro de un adulto normal.

La crítica ha querido ver en Samuel Pickwick y su criado Samuel Weller una versión -quizá una derogación- de don Quijote y Sancho Panza. Como el hidalgo manchego, Pickwick tiende a lanzarse a aventuras perfetamente descabelladas como su escudero Samuel Weller hace lo que puede por traerlo del lado del sentido común ¿Por qué no si esos acercamientos y similitudes son uno de los grandes encantos de la literatura? Incluso se ha hecho notar cómo Pickwick, al igual que Alonso Quijano, comienza como un extravagante inofensivo para terminar iluminado por una madurez y una sapiencia que reflejan casi míticamente el itinerario iniciático y el arribo a la cima de toda vida humana bien vivida. Pero desde luego las semejanzas no van más allá de las grandes líneas generales en las que también podríamos hacer entrar a otros personajes análogos como Parsifal o Frodo. Y además, franqueza obliga, las aventuras de Pickwick que más se fijan en nuestra memoria agradecida son aquellas en las que el amable caballero brilla por su tontería, su ingenuidad y su buena fe, así como ciertos molinos de viento giran incansablemente en nuestro recuerdo que en cambio guarda muy poco de los sabios discursos del caballero de la Triste Figura al término de su vida. Somos lo que somos: si el Pickwick del final aparece como más noble y más digno, el que vivirá más en nuestra memoria es aquél que después de franquear insensatamente los muros de un pudoroso pensionado de jovencitas se ve enredado en una situación tan equívoca como hilarante, es aquel que se ingeniará para quedar entre dos regimientos de caballería en maniobras que se aprestan a lanzarse a rienda suelta el uno contra el otro. En el fondo la verdadera razón de la persistencia de Pickwick está en que nos devuelve a la alegre inocencia de la infancia sin ética y sin maldad al mismo tiempo Y el deseo periódico de releerlo viene, creo, del inconsciente deseo de beber en él como en la fuente de Juvencia; lo que esperamos y deseamos es el absurdo delicioso de tantas aventuras pueriles en un mundo de adultos, su final no es más que el resignado reencuentro con nosotros mismos y cerrar el libro vale como el gesto melancólico de ponernos una vez más la corbata antes de volver a nuestro trabajo cotidiano.

CHARLES DICKENS: LOS PAPELES PÓSTUMOS DEL CLUB PICKWICK

Muchos autores mantienen una negativa, no solo necia sino deshonesta, a reconocer las fuentes de donde obtienen su valiosa información. Nosotros no tenemos tales sentimientos. Simplemente tratamos de desempeñar, en forma correcta, los deberes responsables de nuestras funciones editoriales; y cualquiera que fuese la ambición que en otras circunstancias habríamos sentido de pretender ser los autores de estas aventuras, el respeto a la verdad nos prohíbe hacer nada más que arrogarnos el mérito de su arreglo juicioso y su relato imparcial.

inicio del capítulo IV (traducción de Jose María Valverde)

EL SUEÑO INCUMPLIDO DE DICKENS: CRÓNICA DE UNA ESTATUA NO DESEADA

El pueblo natal de Dickens desafía su última voluntad al erigirle una estatua

En su testamento de 1869, no dejó lugar a las dudas: “Pido a mis amigos que eviten que yo sea el protagonista de cualquier tipo de monumento”

Londres.  (EFE).- Pese a que el novelista Charles Dickens dejó muy claro antes de su muerte que le parecían “abominables” las estatuas en recuerdo de grandes personalidades, y pidió expresamente que nunca se erigiera una en su memoria, su pueblo natal desafía ahora su última voluntad en aras de la promoción turística.

El autor de obras como “Oliver Twist” o “Historia de dos ciudades”, uno de los escritores más reconocidos de la literatura universal, señaló en una carta fechada en 1864 que sentía “escalofríos ante la idea de una estatua o de un grabado” con su imagen.

En su testamento de 1869, escrito un año antes de su muerte, no dejó lugar a las dudas: “Pido a mis amigos que eviten que yo sea el protagonista de cualquier tipo de monumento o placa conmemorativa en ningún lugar”, sentenció el mayor representante de la literatura victoriana británica.

A pesar de los ruegos de Dickens, el ayuntamiento de Portsmouth, en el condado de Hampshire (sur de Inglaterra), donde nació el escritor, proyecta inaugurar una estatua en su honor el 7 de febrero de 2012, cuando se cumplirán 200 años del su nacimiento.

“Esperamos que la estatua y las celebraciones que organizaremos el año que viene darán a Portsmouth la misma relevancia que tiene Stratford gracias a Shakespeare”, aseguró al diario “The Times” uno de los miembros de la asociación de admiradores del novelista “Dickens Fellowship”, fundada en 1902.

El alcalde de la localidad, Gerald Vernon-Jackson, defendió una iniciativa que “atraerá el turismo” y sostuvo que el pueblo natal del escritor “debe hacer todo lo posible por su memoria, no sólo recordarle, sino también atraer dinero y puestos de trabajo”.

“Se han recolectado fondos en todo el mundo para erigir esta estatua”, aseguró Vernen-Jackson.

Entre quienes se oponen al monumento en honor del autor de “David Copperfield”, que quería ser evocado únicamente a través de sus obras publicadas y de los “recuerdos” que de él tuvieran sus amigos, destaca el ayuntamiento de la ciudad de Rochester, en el condado de Kent.

En esa localidad Dickens pasó gran parte de su vida, y su consistorio desaprueba la iniciativa de Portsmouth, ya que asegura que “si hay que hacerle algún tributo, tendría que ser aquí, donde estableció su morada espiritual”.

“Aún así, él no quería ninguna estatua, así que sería más adecuado construir una representación de alguno de los personajes de sus libros, como Oliver Twist”, puntualizó una portavoz del consistorio de Rochester.

La Vanguardia, sábado 26 de febrero de 2011.

SI TAL HICIERAN, MI FANTASMA LES VENDRÁ A PERJUDICAR…

El sueño de Dickens:

GALDÓS SOBRE DICKENS Y PICKWICK

Fragmentos del prólogo de Benito Pérez Galdós a su edición de Los papeles póstumos del club Pickwick de Charles Dickens:

El más popular de los novelistas ingleses, el que con más belleza y exactitud ha pintado los hermosos cuadros de la vida inglesa, dando vida por el estilo y la narración a innumerables caracteres, es Carlos Dickens.

Imposible nos será trazar su biografía. Todas las noticias que sobre este escritor se han publicado han sido desmentidas por él. A nadie ha facilitado datos para narrar su historia, y cuando algún editor oficioso se los pide, contesta que los quiere para sí.

Lo único que se sabe es que nació en 1812; que tiene diecinueve mil duros de renta, producidos por las fincas que ha comprado con sus obras; que es casado y tiene doce hijos; que fue en sus mocedades pasante de abogado o escribano. La actividad investigadora de los fabricantes de biografías no ha podido averiguar otra cosa.

Varias son las versiones que corren acerca del seudónimo de Boz con que firmó sus primeras obras. También sobre este punto ha sido sobrio en declaraciones el famoso novelista. Algunos han dicho que Dickens tenía un hermano llamado Moisés, nombre muy común en Inglaterra y usado allí generalmente en abreviatura, es decir, Mos; que los pequeños camaradas que frecuentaban la casa de Dickens llamaban por corrupción Boz al niño Moisés; que éste murió antes de ser hombre, y que Carlos, vivamente impresionado por la muerte de su hermano, conservó para siempre aquel nombre en la memoria, adoptándolo después para firmar sus primeras obras. No sabemos lo que habrá de cierto en esto.

Pero si la vida de un escritor está en sus libros, si esa vida que existe y se manifiesta en las páginas de un libro es más importante y digna de ser conocida que los innumerables accidentes domésticos que en nada distinguen a un hombre de la vulgar multitud, las novelas de Dickens nos revelan las altas condiciones de su espíritu, la inalterable bondad de su carácter, la rectitud y pureza de sus sentimientos, su vida, en fin, esa individualidad biológica que nos interesa y atañe más que los detalles de la historia exterior de un hombre, más que todos los accidentes ocurridos en eso que se llama carrera social o literaria de una persona.

Lo primero que os llama la atención cuando leéis una novela de Dickens es su admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte.

Amor a la humanidad. Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de Carlos Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor. No analiza como Balzac, complaciéndose en descubrir todo lo que de innoble y siniestro puede existir en los sentimientos del hombre; es, por el contrario, observador benévolo, que procede en los trabajos de su investigación por amor a la humanidad, deseoso de la dicha del hombre y haciéndole ver sus virtudes y sus vicios para enaltecer aquéllas y corregir éstos.

Para esto se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan en inagotable raudal.

En David Copperfield, en Hard Times (Los malos tiempos), en Oliver Twist, en Nicolás Nickleby, en Pick-wick Club resplandecen las dotes de este eminente escritor que con Manzoni, Victor Hugo, Walter Scott y Balzac representa el mayor grado de perfección a que ha llegado la novela en nuestro siglo. [el XIX]

Desde la publicación del Pickwick comenzó su popularidad, grande y creciente desde entonces. Es una obra que respira juventud y vehemencia, no impericia ni falta de mundo. En ella apareció el gran escritor formado ya y dueño de su genio, dominador de su imaginación y de su estilo; al mismo tiempo, ¡qué riqueza de descripción, qué exuberancia de movimiento, de color! ¡Qué brillantes tonos en la pintura de los tipos! Su plan es el mismo de Gil Blas de Santillana y de casi todas las novelas españolas del siglo XVII, es decir, un personaje estable, protagonista de todos los incidentes de la obra, un actor que toma parte en una larga serie de escenas, que no se relacionan unas con otras más que por el héroe que en todas toma parte. Esta clase de planes son admirables cuando se quiere pintar una sociedad, una nacionalidad entera, en una época indeterminada.

El protagonista recorre toda la escala social interviniendo, siempre el mismo, en una serie de acciones subordinadas; la escena cambia a cada momento, cambiando también todos los actores secundarios o accidentales; y van éstos desapareciendo ante el principal, que continúa en todo lo largo de la narración siendo víctima o héroe, mero espectador unas veces, confidente otras.

Todas las escenas son animadísimas, de alto cómico, como dirían los franceses, llenas de colorido y vivacidad. Con la acción ordinaria se encuentran enlazadas de trecho en trecho algunas historietas patéticas del género de Edgard Poe, contadas por un personaje o leídas en un viejo manuscrito; pero estas historietas están enteramente segregadas de la narración principal, como el curioso impertinente en el Quijote.