Retirado en la paz de estos desiertos. (Soneto desde la Torre de Juan Abad.) Quevedo en conversación con los difuntos


Retirado en la paz de estos desiertos,

con pocos, pero doctos libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos,

y escucho con mis ojos a los muertos.


Si no siempre entendidos, siempre abiertos,


o enmiendan, o fecundan mis asuntos;

y en músicos callados contrapuntos

al sueño de la vida hablan despiertos.


Las grandes almas que la muerte ausenta,


de injurias de los años, vengadora,

libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.


En fuga irrevocable huye la hora;


pero aquélla el mejor cálculo cuenta,

que en la lección y estudios nos mejora.
 

Quevedo, desde la Torre de Juan Abad

Basta echar un vistazo a cualquier biografía de Francisco de Quevedo (1580-1645) para comprobar que en su vida son frecuentes los episodios de destierro y prisión como resultado de su implicación en la vida política de la época y en las intrigas palaciegas. Cuando ello ocurría, como su admirado Fray Luis de León (a quien Quevedo editó como modelo poético y antídoto anticulterano), optaba por la vida retirada y seguía la senda del beatus ille horaciano, como “los pocos sabios que en el mundo han sido”, y se refugiaba en la Torre de Juan Abad, municipio de Ciudad Real por cuyo señorío pleiteó largamente. Allí, “retirado en la paz de estos desiertos”, leía a sus amados clásicos y escribía poemas como éste.

Así pues, este soneto constituye un elogio de la lectura y la formulación de un ideal de vida que pocas veces pudo cumplir dada su activa participación en la azarosa vida cortesana de la primera mitad del siglo XVII. También estos versos compendian muchos temas y tópicos de la estética barroca: la vida es sueño, el menosprecio  de corte, el inexorable e irrevocable paso del tiempo, la presencia cotidiana de la muerte… Asimismo podemos contemplar quintaesenciada la tensa retórica conceptista: antítesis y paradojas, que llegan al oxímoron, como modos de avanzar el pensamiento, hipérbatos, metáforas sorprendentes y brillantes imágenes como esos libros siempre abiertos como resumen del amor por la lectura.

Gracias a la lectura, en la soledad amena y docta que le permite su retiro, lejos del vano ajetreo del mundanal ruido (él se tituló a sí mismo “señor de la Torre de Juan Abad”, al modo de su admirado Michel de Montaigne al que se refería como “el señor de la Montaña”), Quevedo puede estar en contacto con las almas y los más profundos pensamientos de los autores del pasado, ya irremediablemente ausentes pero definitivamente eternos por sus obras (ars longa, vita brevis), especialmente gracias al radical cambio que supuso la aparición de la imprenta de Gutemberg a mediados del siglo XV, que permitió la rápida y sencilla difusión de los libros, frente al bello aunque penoso discurrir de los manuscritos. Así se lo hace notar a su amigo don Iosef, que no es otro que José González de Salas, editor de las obras poéticas de Quevedo tres años después de su muerte. Así se repetirá el ciclo y don Francisco seguirá hablándonos desde el más allá, conversando ahora con nosotros, sus lectores, y nosotros escuchándolo con nuestros ojos, como quiere el poeta, asegurando su eternidad.

Quevedo añade que ese momento de intensa intimidad y de comunión con los autores, que es el acto de la lectura (la lección) nos mejora personalmente (“enmienda y fecunda mis asuntos”) y sin duda constituye el tiempo más y mejor aprovechado de nuestra vida: el estudio y retiro del sabio (piedra blanca) en contraste con su desapacible pero inevitable participación en los asuntos de la cosa pública (piedra negra). A ello alude con la costumbre romana de contabilizar con cálculos (piedrecitas) blancos y negros los días buenos y aciagos, respectivamente.

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4 Respuestas a “Retirado en la paz de estos desiertos. (Soneto desde la Torre de Juan Abad.) Quevedo en conversación con los difuntos

  1. Quevedo, hombre de apetitos vehementes, no dejó nunca de aspirar al ascetismo estoico. El acento personal de Quevedo está en las piezas que permiten publicar su melancolía, su coraje o su desengaño. Por ejemplo, en este soneto que envió, desde su Torre de Juan Abad, a don José de Salas.,No faltan rasgos conceptistas en la pieza anterior (escuchar con los ojos, hablar despiertos al sueño de la vida) pero el soneto es eficaz a despecho de ellos, no a causa de ellos. No diré que se trata de una transcripción de la realidad, porque la realidad no es verbal, pero sí que sus palabras importan menos que la realidad que evocan o que el acento varonil que parece informarlas.
    Jorge Luis Borges

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  3. En marzo de 1637 se encuentra Quevedo en Madrid. A poco de llegar, un hombre tan agitado como él, sueña constantemente con la quietud de la “aldea”. Existe una carta, escrita allí el 10 de marzo de 1637, donde el testimonio incontestable de las palabras de Quevedo desmienten la creencia, sustentada por la mayoría y ampliamente desmentida en su epistolario, de que nuestro poeta venía a la Torre de Juan Abad forzado siempre por destierros y pleitos y nunca por voluntad propia: “Yo deseo con toda la alma salir de aquí y irme a ese rincón”, un párrafo revelador, cargado de encarecimiento. Desea, mantenerse lejos de la Corte, y regresa a su lugar.

    La estancia torreña, a pesar de los desasosiegos, era aprovechada por don Francisco como un agradable y provechoso retiro. Desengañado del mundo y en soledad, aprovecha las horas que huyen en la lectura y el estudio. Aquí compone esta obra maestra del conceptismo:

    Josef Antonio González de Salas, el intelectual más cercano a Quevedo durante estos años finales, que le está ayudando a recopilar su obra poética, afirma que “algunos años antes su prisión última, me envió este excelente soneto desde la Torre”.

    Quevedo fue poseedor de una enorme cultura y de un extraordinario conocimiento de la literatura clásica.

    Su sobrino y heredero Pedro Alderete, en el prólogo de Las últimas musas castellanas, anota de su trabajo y dedicación diaria: “Su sabiduría fue conocida de todos, así antes como después de su muerte; y no sólo se valió la luz, capacidad e ingenio que Dios le dio, sino de sumo trabajo. Tenía una mesa con ruedas para estudiar en la cama; para el camino libros muy pequeños; para mientras comía, mesa con dos tornos, de lo cual son buenos testigos los mesmos instrumentos que están hoy en mi casa, en la villa de la Torre de Juan Abad”.

    El abad italiano Pablo Antonio de Tarsia relata en la primera biografía del poeta, impresa en 1663, que visitó la casa del satírico en la Torre de Juan Abad el año 1658, poco después de su muerte. Allí pudo ver muchos papeles originales, obras y documentos, antigüedades y objetos de uso particular del escritor. De los datos que nos proporciona, se advierte en Quevedo la silueta de un hombre muy sobrio, pero que estudiaba y leía con tenaz constancia. Afirma su biógrafo que “no solo no desperdició momento de tiempo, antes le quitaba a las ocupaciones precisas, y necesarias, para emplearle en leer libros, y en hacerlos. Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos, a modo de atril, y en cada uno cabían cuatro libros, que ponía abiertos, y sin más dificultad que menear el torno, se acercaba el libro que quería, alimentando a un tiempo el entendimiento y el cuerpo… Tenía una mesa larga que cogía el ancho de la cama, con cuatro ruedas en los pies, para llegársela con facilidad, despertando la noche para estudiar, y en ella muchos libros prevenidos, y pedernal, y yesca para encender la luz… Saliendo de la Torre de Juan Abad para ir a la Corte, o a otra parte, y en todos los viajes, que se le ofrecieron, llevaba un museo portátil, de más de cien tomos de libros de letra menuda, que cabían todos en una bisazas… Fue tan aficionado a libros, que apenas salía alguno, cuando luego le compraba… Juntó número de libros tan considerable, que pasaba de cinco mil cuerpos…”

    http://www.franciscodequevedo.org/index.php?option=com_content&view=article&id=935

  4. Excelente descripción del poeta

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